Dignidad humana

7.5.10

El hogar y la educación

Todos los seres humanos, más tarde o más temprano, tendemos a regresar a casa. En la infancia, evidentemente, y en la adolescencia es importante la vuelta a casa desde el “cole”. El chico o la chica llama a la puerta y le abre su madre, su padre o algún hermano. Pero...¿Y sino ocurriera así? Si un muchacho o una chiquilla de catorce años llegara a su casa, se encontrara la comida puesta pero el primer familiar apareciera a las tres o cuatro horas...No vamos a dramatizar pero analicemos este asunto más despacio. Para estudiar primero hay que saberse inconscientemente protegido, seguro, querido. La tómbola verbenera del infante, la introspección existencial del adolescente, o la seguridad crítica del universitario son etapas variopintas de la vida que se mueven en una trayectoria con dos coordenadas fundamentales: el padre y la madre.

La educación es una búsqueda práctica de la verdad en el amor. Tal afirmación puede ser cursilada, pero es verdad. Quien más nos puede educar es el que más nos quiere bien. Los padres son los primeros protagonistas de la aventura de educar. Una familia en el que señorea la estabilidad, la generosidad y la incondicional ayuda es la almadraba de la tarea educativa. Profesoras y profesores hay muchos, algunos especialmente importantes; pero solo hay un padre y una madre. Estas afirmaciones pretenden ir al núcleo de la enseñanza y cuando se va al núcleo, sin pretenderlo, pueden saltar chispas. La vida es compleja, o tal vez lo seamos nosotros, pero todo lo que se pueda acercar a lo dicho antes es el punto de arranque más sólido de la educación. No siempre se dan las condiciones descritas pero si puede intentarse aproximarse a ellas todo lo posible.

Quisiera ahora insistir en otro aspecto que considero importante: el silencio. Calma, serenidad, paz. Una casa no es un monasterio, pero convertirla en una tómbola de ruidos e imágenes supone anular la creatividad de las personas. A más técnica necesitamos más ética. La tranquilidad del hogar es el primer requisito para tener una cierta tranquilidad en la cabeza, lo que es imprescindible para poder estudiar, trabajar y aprender. No es una batalla perdida; se trata de ir recuperando cotas de serenidad. Desenchufarse de tanto aparato nos pone delante de nosotros mismos; es decir: nos ayuda a tomar la vida en nuestras propias manos para vivirla con un rumbo diario.

Es bueno que los hijos se aficionen a leer libros adecuados a sus edades. Lo harán si ven que sus padres leen de vez en cuando, aunque sea un rato a la semana. Además, tener un familiar que cuenta cuentos a los chicos es, sin duda, un lujo que conviene fomentar, si es posible.

La televisión puede ayudar a la convivencia familiar, pero es absurdo tenerla puesta de modo indiscriminado. ¿Daría uno de comer a su familia lo primero que se encontrara en la calle?...No es menos importante la digestión del cerebro; y si esto no se valora se echan a perder capacidades especialmente importantes en la infancia y en la juventud. El entrenamiento adecuado es el que hace rendir los talentos personales. Conviene meter en cintura, aunque sea un poco, los hábitos de la familia respecto a los medios de comunicación. Dejar a un chico de dieciséis años, o menos, con una conexión libre a internet día y noche en su cuarto es atentar contra su salud. Algunos pasan las dos o tres primeras horas de colegio del día siguiente literalmente dormidos, aunque en posturas francamente incómodas.

No vivimos en la Edad Media ni nos alumbramos con antorchas, pero los ratos de silencio son aquellos en los que con más facilidad se consideran las cosas y se toman decisiones.


José Ignacio Moreno Iturralde

1 Comentarios:

  • Enhorabuena por las páginas
    Informamos de un nuevo sitio, abierto a buenas colaboraciones
    www.laicopedia.org
    Gracias

    By Anonymous Pedro, at 7:33 p. m.  

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