Dignidad humana

20.11.08

La sonrisa del padre

Un buen amigo, Pepe, me contaba la transformación de las relaciones con su padre a lo largo de la vida. Desde siempre se había llevado bien con su progenitor, aunque la sintonía filial con su madre era superior en afecto y simpatía. Tras el fallecimiento de la madre entró en escena la dura cátedra de la viudez. Desde entonces las relaciones de mi amigo con su padre se hicieron más profundas y afectuosas. La cierta soledad y progresivo deterioro físico paterno, con el correr de los años, sirvieron para que Pepe descubriera en su padre un amplio colorido de virtudes, que habían sido poco consideradas: el trabajo diario y esmerado durante tantos años, la fidelidad
–auténtica columna vertebral de la vida lograda-, la capacidad de adaptarse a la realidad tal y como viene, el saber supeditar las ilusiones personales a las familiares, la sencillez y el sentido común.

Mas todo lo anterior, con ser mucho, se quedaba corto con las luces que reverberaron en la ancianidad. Pepe no salía de su asombro al ver la conformidad ingeniosa de su padre con unas circunstancias físicas y psíquicas cada vez más precarias. Últimamente los paseos en silla de ruedas gozaban del embrujo de tararear a dúo canciones populares, salpicadas con variadas tonterías fonéticas similares a las que tiene un joven padre con su hijo pequeño. No quedó ahí la cosa: el rostro del padre, ante una nueva precariedad física o una despedida temporal de su hijo, reflejaba la aceptación sufrida y luminosa que tendría un extraordinario niño bueno. Esta mirada, inconsciente de sí misma, tenía tal fuerza de atracción que parecía ejercida -en la curvatura del universo- desde un planeta tan lejano que podría ser un mundo cercanísimo. Es entonces cuando se ve que la inteligencia da paso a una sabiduría que está rodeada del halo de misterio que puede descubrirse en las personas más indefensas y necesitadas, quienes son el más veraz rostro de la herencia cristiana.

Nuestro mundo, azul y magnífico, experimenta un espectacular y desigual desarrollo técnico y financiero que, en ocasiones, tiende a autodestruirse por falta de honradez y de humanidad; es decir: de la eximia inteligencia y audacia que supone izar, contra viento y marea, la bandera finalmente triunfadora un conocimiento y progreso dirigido a velar por la dignidad e igualdad de toda vida humana.


José Ignacio Moreno Iturralde