Dignidad humana

18.7.08

Virtudes misteriosas pero cercanas

Existen otro tipo de virtudes relacionadas con las cardinales a las que me quisiera referir. Tanto en las cardinales como en las que ahora paso a exponerr recuerdo algunas ideas del pensador alemán Joseph Piepper de su libro “Las virtudes fundamentales”.

Vamos a 100 kilómetros por segundo alrededor del sol, en una gigantesca bola azulada, sin despeinarnos. Estamos constituidos por un ADN del que se han empezado a saber cosas desde hace pocas décadas. No es necesario un frío muy intenso para que el común de los mortales se vea afectado por un catarro; ni un calor extenuante para sufrir una insolación. Traigo estas frases a cuento de que no parece muy serio darnos una excesiva importancia. La libertad humana es un don irrenunciable; pero otra cosa muy distinta es inflarla y desarraigarla de los límites y precariedades de la vida hasta llegar a resultados ridículos y, en ocasiones, penosos. La libertad no es un fin para si misma y, como el dinero, hay que saberla invertir en bienes.

Confiar parece una opción razonable, dentro de unos márgenes amplios. No es absolutamente imposible que mi abuela me envenene con una sopa ni que me caiga un tiesto en la cabeza cuando paseo por la calle, pero si sigo por estos derroteros mentales acabaré probablemente en un manicomio. Hay quien sospecha de la realidad de las imágenes del primer hombre pisando en la luna; tal vez porque el sospechador está él mismo en ese planeta.

Realmente los timos y robos están a la orden del día, pero las ayudas y servicios están a la orden de los minutos. La propia vida es un riesgo y me parece que somos mayoría los que consideramos que es un riesgo que merece la pena correr. El hombre no está llamado a hacer cosas posibles sino a realizar ciertos imposibles. Pondré algún ejemplo: vivir la fidelidad matrimonial hasta la muerte; desterrar toda forma de odio de nuestros corazones; llegar a la fecha de jubilosa jubilación después de cuarenta años de profesor de enseñanza media. Estas auténticas hazañas, entre muchas otras, van más allá de nuestras propias fuerzas y, sin embargo, las hemos vistas hechas realidad en muchos de nuestros semejantes. Desde olimpos lejanos, o quizás muy cercanos, surgen oportunos vientos que ayudan eficazmente a la travesía de nuestra vida por el gran mar del mundo. Para llegar al final, donde unos auguran cataratas negras y otros divisan claras riberas, tal vez haya que pasar por alguna de esas desagradables cataratas para arrivar a aquellos lugares luminosos. Conviene tener fe; sin confiar no podríamos ser humanos.

El presente es el punto de encuentro entre el tiempo y la eternidad, decía C.S.Lewis, el autor de las famosas Crónicas de Narnia. Sacarle provecho al ahora, venga como venga, es sabiduría. También lo es esperar: el gordo de la lotería, un trabajo mejor, o la anhelada media naranja. Una persona necesita de la esperanza para no desfigurar su espíritu; pero, en ocasiones, no es fácil esperar.

Tener esperanza debe ser algo razonable. Estar esperanzado requiere tener ya una prenda de lo que se espera. La esperanza en la vida nace de aceptar nuestra situación, sea cual sea, como consecuencia de tener un motivo suficientemente profundo y verdadero para sacar adelante nuestra biografía. Tal motivo puede ser mucho más asequible de lo que pensamos. Pienso que se vincula con realidades sencillas, cercanas, que al asumirlas –quizás sin mucho entusiasmo- contribuyen a hacernos mejores personas. Una persona con esperanza es atractiva; infunde deseos de vivir.

Salir a la calle y ver a la gente “cada vez más guapa” –como decía un sabio alegre- no es tanto cuestión de agudeza visual como de luz. Saber querer, saber afirmar la vida personal de los demás, no es siempre fácil; incluso puede ser muy difícil. Después de todo la vida tiene mucho que ver con aguantarnos unos a otros; pero esta recia madera puede convertirse en un peso frío e inútil o en una magnífica hoguera, en torno a la que se sitúa la familia y la amistad. La mayor parte del éxito está en encontrar la cerilla adecuada. No suele estar lejos de nosotros pero puede hallarse olvidada o mojada; y no por esto es irrecuperable.

La benevolencia es un el más hermoso de los dones; pero tiene que estar sopesada en la balanza de la justicia. Sin justicia la benevolencia puede caerse de lado haciendo el ridículo. Algo similar o peor puede ocurrirle a la justicia si en un plato tiene afrentas y en el otro venganza. Es entonces cuando la humanidad de la balanza se parte en dos. Pero en caso de cierto desequilibrio personalmente preferiría la inclinación a la benevolencia.

La luminosidad hace cambiar completamente la perspectiva de los paisajes. Suelen alternarse periodos de claridad y de oscuridad, más o menos intensas. Pero siempre, por encima de las nubes o a la espalda del planeta, está el sol. Saber de la existencia de esa luz -que no es propia- y actuar en consecuencia, cuando se siente o cuando se oculta, supone encontrar el misterio que hace germinar la vida propia y la de los demás.


José Ignacio Moreno Iturralde