Dignidad humana

13.7.08

Virtudes humanas y personalidad

Si caminamos y no notamos nuestras piernas es buena señal; pero si al andar nos duele una rodilla la cosa cambia. Cuando en el transcurrir de la vida los días pasan raudos y fecundos, repletos de sencillez, la existencia se cuaja de sentido sin darnos mucha cuenta. Pero si nos notamos demasiado a nosotros mismos –no me refiero a estados de enfermedad- nuestro modo de vivir puede estar mal enfocado.

Todos sabemos que el tipo cenizo suele ser insufrible pero tal vez no reparamos en que el quejicoso ,en ocasiones, podemos ser nosotros mismos. Superar estados de ánimo negativos requiere una conducta virtuosa. Al pensar en las virtudes humanas no quisiera referirme a las de “temperamentos fuertes” como el de una Agustina de Aragón, con toda mi admiración a tan ilustre señora. Más bien quisiera recordar a personas que saben sonreírle a la vida sin esperar a que la vida les sonría a ellos. Mujeres y hombres normales que saben “bailar con la vida”. Rostros amables que esconden en la mirada una ilusión sencilla, discreta y profunda.

Recuerdo la primera vez que acudí al claustro de un conocido Instituto de enseñanza madrileña. Había muchas personas y el espectáculo era intensamente tedioso. Se estaban dando lectura a unas aburridísimas actas de cierta reunión anterior sobre cuestiones burocráticas que a mí, y sospecho que a muchos más, nos importaban un comino. Tras un buen rato mi única esperanza era salir de allí cuanto antes. La lectora continuaba hablando con su monocorde tono gris. En un momento determinado citó a una tal señorita Paloma. En ese preciso instante un profesor veterano se levantó de la silla y exclamó en voz alta:”¡Quiero que conste en acta que yo amo a la señorita Paloma; la amo!” La carcajada general inundó la sala como un río de humanidad. La estancia se transformó y nuestros rostros se iluminaron. Aquel viejo profesor, padre de familia ejemplar pero tremendamente guasón, nos había puesto en disposición de compartir fraternalmente unas multitudinarias cervezas; lástima que no llegaran.

La cordialidad específica de aquél profesor era muy suya. Pero detrás de cada actuación humanamente atractiva se manifiesta el empleo de las virtudes. Antes de proseguir quisiera establecer una distinción entre temperamento y carácter .El temperamento es fruto de nuestra genética y de nuestros condicionantes. El carácter es lo que libremente hacemos con nuestro temperamento; por es cabe en él la virtud.

No es fácil decir algo nuevo sobre las cuatro virtudes cardinales, pero podemos recordarlas en un rápido bosquejo. La prudencia supone realismo, estar atentos a la vida y no en babia. Una consecuencia práctica, entre miles, es el consejo que afirma:”ya que tenemos dos orejas y una boca conviene escuchar el doble de lo que se habla”. La justicia nos encara ante nuestras responsabilidades con los demás; especialmente el servicio que les debemos por razones familiares, laborales o, simplemente humanitarias. La fortaleza supone mantener el rumbo en cuestiones valiosas que pueden tornarse arduas. Es aquí donde podemos ver si tenemos suficiente peso interior para no acabar desarbolados por las ventoleras de frío o calor que desaliñan los días pero pueden templar el carácter. La templanza supone el indispensable ejercicio interior para mantener en forma el espíritu. Intentar controlar racionalmente nuestros apetitos físicos es fuente de seguridad y de autoestima. No se puede correr el Tour de Francia si no se sabe montar en bicicleta; ni echar una carrera a nado si no se consigue flotar. Sin embargo, quizás porque no somos capaces de vivir con la suficiente deportividad, puede faltarnos la motivación y la diligencia necesaria para forjar un carácter enterizo.

Las virtudes morales no son sencillas de adquirir y siempre pueden vivirse con mayor profundidad. Es experiencia común que nos equivocamos múltiples veces en nuestro actuar cotidiano. Al respecto podríamos aprender del consejo de Churchill, un estadista que ganó una guerra muy importante, cuando afirmaba que el éxito consiste en ir de fracaso en fracaso sin desesperarse. Esta idea se complementa bien con que las virtudes no son fines en sí mismas, sino medios para saber convivir mejor.



José Ignacio Moreno