Dignidad humana

13.7.08

Ver el lado positivo

He conocido algunas personas fantásticas, muy alegres y optimistas. Se llevan bien con la vida, con la suya propia, con la que les ha tocado. Una de sus características más encantadoras es la sencillez. Dicen que el ser humano es el único capaz de dialogar consigo mismo, pero las personas a las que me refiero diríase que están siempre dialogando con otros. No es mi intención devaluar la reflexión; pero pensar demasiado en el yo es tan frustrante como llamarse al propio teléfono.

Las vidas de estos seres queridos no han sido fáciles; tampoco excesivamente difíciles; lo que sí han sido es fecundas. Han tenido y tienen ilusión de vivir días, meses y años, que otros –en situaciones similares- parecen consumir de un modo cansino y gris. Mis héroes domésticos; es decir: reales, han pasado por la guerra, la enfermedad y el hambre, a lo largo de sus biografías. Su sencillez no es ingenua. Ejerciendo la libertad han aceptado la vida como venía y, de este modo, se han encontrado en armonía con todo lo demás. En esto se han parecido a un árbol o a un río de un bonito paisaje.

Estas actitudes para el vivir no son sólo temperamentales, sino fruto de un carácter forjado con los años, con decisiones realistas y comprometidas. La existencia, que a algunos parece resultarse anodina, ellos la han considerado llena de luz y de interés. El buen humor es otra de las características que han sazonado sus vidas. ¿De donde les provenía esta propensión a la guasa? Voy a intentar explicarlo: Cuando escribo estas líneas la opinión pública está pendiente de un campeonato internacional de fútbol. Me ha parecido ver rostros cariacontecidos de algunos jugadores estrellas al ser enviados al banquillo. Sin embargo, si un niño de nueve años o un abuelo futbolero van con su familia al estadio, posiblemente a una entrada no excesivamente buena, seguro que se lo pasan bomba y su rostro resplandece de ilusión.

Innocent Smith es un curioso personaje de una novela de Chesterton. El tal Smith es un presunto raptor de mujeres, ladrón, asesino y fugitivo. Pero lo que en realidad ocurría era que cada poco tiempo raptaba a su propia mujer para vivir de nuevo una romántica aventura. En cierta ocasión entró por la chimenea de su propia casa, para acceder desde una visión nueva a su propia casa, aunque pudieran confundirle con un caco. Tras unas clases pesimistas de un profesor, que venía a decir que no está claro si compensa vivir, Smith tuvo la amabilidad de llevarle a un sitio apartado para tirotear la silueta del intelectual con la intención de que recuperara las ganas de vivir. Vaya que así fue: los gritos se escucharon a muchos metros a la redonda. Finalmente nuestro presunto delincuente dio una vuelta al mundo con la previa intención de finalizar el recorrido donde lo inició: su propio hogar.

Hay personas dotadas de un gran don: viven cada día estrenándolo, regocijándose de nuevo en lo que han hecho cientos de veces. Celebran cada amanecer. Sólo existe una única respuesta para poder vivir así. Se puede objetar que eso nos pasa a todos pero en periodos demasiado pasajeros. Tal vez olvidamos que el amor nunca pasa y si pasa no es amor. Es verdad que los sentimientos son tan volubles como las nubes, pero aquí no se habla de sentimientos sino de descubrimientos. Muchas veces valoramos las cosas cuando empiezan a no funcionar bien: la digestión, el sueño, la amistad.

Un amigo me explicó hace poco el proceso de elaboración de una escultura en bronce. Un moldeado en cera se recubre de otro material resistente al calor. Se mete la pieza en el horno y la cera se evapora. A través de unos conductos se llena el vaciado del bronce líquido que, tras solidificarse, será despojado del molde para dar lugar a la obra de arte.

Pensaba que a las personas nos pasa algo parecido. Nos hace falta un vaciado de nuestra vida inicial para dar lugar a otra, con nuestra figura, pero radicalmente distinta. Una vida limpiada, purificada y bruñida por procesos que nos trascienden y que solo requieren por nuestra parte, y no es poco, de confianza y docilidad. Perdemos nuestra materia de cera por una estructura de bronce. Así es como se forjan las biografías de los que consiguen, probablemente sin ser conscientes, que su vida sea una obra de arte; algo digno de admirar, una referencia segura.


José Ignacio Moreno