Dignidad humana

13.7.08

La lección de Tomás

Tomás de Aquino no sólo fue un gran filósofo y teólogo; pienso que también fue un gran vividor. Su austera existencia le llevó a saborear mejor la vida, y su descomunal inteligencia le hizo disfrutar de la verdad del mundo y de su causa. Formuló las cinco vías o pruebas para demostrar la existencia de un ser supremo y, me atrevería a pensar, sin ánimo de ser irreverente, que si hubiera conocido el buen jamón serrano tal vez habría sido capaz de elaborar, desde este prosaico producto, una sexta vía.

Tomas del Dios Creador, como le llama Chesterton, entendió que el mundo era bueno y que la persona humana era muy buena. Con una vida llena de contrariedades y obstáculos necesitó de luces mucho más poderosas que la suya para entender la realidad; las pidió y las obtuvo. Entendía que el mejor caldo de cultivo para la sabiduría era la ingenuidad de un niño, que la pureza era el mejor ambiente para la pasión, y que el don de la entera existencia era la mejor de las inversiones.

Tomás fue intrépido en su adolescencia. En una ocasión se descolgó con una cuerda por la alta pared de su casa –un castillo-, de la que no le dejaban salir sus propios padres, para buscar el sentido de su vida. También ayudó a recuperar ese mismo sentido a una mujerzuela –inducida por algún familiar- que apareció mal vestida en su habitación, haciéndola huir con un tizón de la chimenea.

Le interesaron todas las cosas de la realidad, quizás con una excepción: los honores. Entendió lúcidamente la diferente participación y total dependencia de los seres limitados –él mismo en primer lugar- respecto de un ser necesario y radiante de verdad. Por esto se dio cuenta de que los males, por fieros que sean, son sombras; no luces. Las sombras son por las luces, no las luces por las sombras.

Ejerció con empeño la docencia y entabló entrañable camaradería con muchos de sus alumnos. Desenmarañó brillantemente malos entendidos y retorcidas disputas de algunos hombres de su tiempo. Pero, me atrevería a decir, que lo más grande de su vida no fue la sabiduría que obtuvo, ni su eximia modestia, ni su elegante serenidad, sino su inmensa capacidad de querer, ordenadamente, a todo lo que es.


José Ignacio Moreno