Dignidad humana

13.7.08

Gestión del dolor

Un amigo me explicaba que es más importante la vida de calidad que la calidad de vida. Es muy posible que nuestra categoría moral, nuestra vida de calidad, esté en función de nuestra capacidad de hacer familia. Si una persona no ama no puede ser amable. Parece claro que los amores verdaderos son aquellos que nos ayudan a ser mejores como personas. Este proceso tiene mucho de servicio, de aprender a afrontar la vida como viene; y esto, con bastante frecuencia, va contra nuestros pronósticos. Este realismo, que venimos reivindicando, supone esfuerzo y dolor. No es extraño que se pase pena en las cosas que merecen la pena. Por este motivo, si no se entiende el dolor no se entiende que la vida; quizás este sea un motivo del actual invierno demográfico de Europa. El dolor y el amor pueden ser las dos caras de la misma moneda.

En muchas ocasiones el dolor proviene de nuestro mal uso de la libertad. Pero qué decir de los accidentes inesperados, de las catástrofes naturales que se cobran tantas vidas humanas. Son, desde luego, la demostración palmaria de la insuficiencia de este mundo en sí mismo. Es realmente un verdadero opio del pueblo considerar nuestra vida como una tómbola siniestra o una ruleta rusa. El hecho de que no veamos el final de la película no significa que no tenga sentido. El absurdo es tan imposible como un círculo cuadrado. De alguna manera los límites y las roturas de la vida nos recuerdan que estamos en un mundo de cartón; y los que no trascienden más se hacen acartonados de mente y de espíritu.

Muchas veces el dolor se presenta en pequeñas dosis: una multa de tráfico, un dolor de muelas, un enfado, y una amplia gama de posibles contrariedades. Las reacciones –no me refiero a las más inmediatas- ante estos sucesos son botones de muestra de cuál es nuestra talla personal. No parece fácil lograrlo, pero si ante estas zarandajas uno es capaz de vivirlas con serenidad, e incluso con una pizca de humor, se comienza a entrar por caminos de sabiduría. Significa que la persona tiene una amplitud interior suficientemente interesante para no venirse abajo por sucesos desagradables de poca monta. Estos acontecimientos, como el de deslizarse en la calle al pisar un plátano absurdo e inoportuno, pueden fomentar el quitarnos importancia, el reírnos de nosotros mismos. Las precariedades de la realidad nos ofrecen la posibilidad de ponernos en nuestro sitio, de saber comprender mejor los límites de los demás y nuestros propios límites; no es poca ciencia.


José Ignacio Moreno