Dignidad humana

17.6.08

El espíritu divertido

Conozco a algunas personas de más de 70 años con la mirada pícara de un niño juguetón. No tienen ningún tipo de demencia senil, sino todo lo contrario: una salud mental a prueba de bomba. Hombres y mujeres que saben lo que es una guerra, un infarto o un cáncer en sus propias carnes. Personajes que conocen bastante bien las precariedades de este mundo nuestro, que algunos medios de comunicación expanden de un modo excesivo y morboso.

¿De donde les viene a estos singulares individuos este radiante optimismo y buen humor? Voy a intentar pensarlo: Desde luego de la sencillez, ese don y virtud que produce una facilidad de relación con las personas y ambientes que les rodean. Sencillez que se relaciona con una capacidad de estar pendiente de las cosas de los otros; algo inesperadamente alegre. También entra en juego la gratitud: el olvidado sentido común por el que una montaña, un árbol y, sobre todo, un bebé, producen una admiración parecida a la que surgiría al ver un divertido e inofensivo dinosaurio blanco.

El realismo es otra de sus armas invisibles: me parece que consiste en no pedirle a esta vida mucho, sino todo: su por qué y su misterio. Y, desde luego, la fidelidad con los compromisos libres e importantes: esa opción asequible y sostenida que hace al ser humano alcanzar una vida lograda.

Gentes baqueteadas por cien batacazos, con almas bruñidas por el dolor y soleadas por las jornadas cotidianas vistas con luces entrañables cada vez más doradas. Cada uno de ellos, con su peculiar carácter, se deleitan en los límites de la vida, de sus propias vidas. Ven en estas limitaciones unas reglas de juego. Un juego donde no faltan penas y contrariedades que son como las cumbres que inútilmente pretenden esconder los rayos de una aurora imparable que estas gentes de espíritu divertido ven con unos ojos purificados por una fuerza más grande que el universo.


José Ignacio Moreno Iturralde