Dignidad humana

6.4.08

El suicidio de Emma Beck

Ella no tenía que morir. Ni tampoco tenían que morir sus nonatos. El pasado fin de semana, los periódicos de Londres informaban sobre el suicidio de una mujer de 30 años, Emma Beck, joven artista británica que se ahorcó después de haber abortado a sus gemelos. Quizá recontar su sufrimiento pueda servir para prevenir más muertes innecesarias.

La agonía y la soledad en la nota de suicidio de Emma Beck resuenan hasta el otro lado del charco, por encima de líneas raciales y clases sociales, a través de generaciones. Ella se sentía consternada ante la ruptura con su novio que no quería tener a los niños. Ella estaba pasando por una pena intensa debido a su decisión de acabar con las vidas que llevaba dentro de sí. Y por eso acabó con su propia vida.

"Nunca debí haber abortado. Ahora lo veo, habría sido una buena mamá", escribió Beck. "Se lo dije a todo mundo, que no quería hacerlo, incluso en el hospital. Estaba asustada, ahora es muy tarde. Morí cuando mis bebés murieron. Quiero estar con mis bebés -- ellos me necesitan, nadie más".

La familia de Beck culpa al estamento médico. El sistema judicial, como es frecuentemente el caso, se ha convertido en un mecanismo para sobrellevar tragedias. Un tribunal británico recientemente celebró una vista sobre el suicidio de Beck. La madre de Beck reveló que a su hija no le dieron la oportunidad de ver a un consejero profesional".

Cuando no hay un "consejero profesional" a la mano, ¿para eso no están las madres?
Pero no se trata sólo de que se miren al espejo los hastiados proveedores de servicios abortivos y los asistentes médicos, esos consejeros desertores o aquellos padres desaparecidos en combate. Es que hemos tolerado la cultura de la insensibilidad y hemos consolidado el derecho a la conveniencia por décadas. Las feministas acallan a las mujeres para que no cuenten su arrepentimiento postaborto. Los defensores del control poblacional y las organizaciones que defienden el aborto como Planned Parenthood meten en la cabeza de mujeres jóvenes en el mundo entero que: "Cuantos menos seamos, más felices seremos" y "¿Para qué tener más cargas?" según proclaman sus camisetas y calcomanías.

El otoño pasado, en la patria de Emma Beck, la prensa británica se quedó lela cuando salió una cretina ecologista que había abortado y se había hecho ligar las trompas para "proteger el planeta". Según sus declaraciones al diario London Daily Mail: "Cada persona que nace usa más alimento, más agua, más tierra, más combustibles fósiles, más árboles y produce más desperdicios, más contaminación, más gases invernadero y agrega al problema de la sobrepoblación".

Eso vino justo después de que se publicara el informe de un laboratorio de ideas británico que decía que los niños son malos para el medioambiente. Decía John Guillebaud, profesor emérito de planificación familiar en la University College London: "El efecto sobre el planeta al tener un niño menos es de una magnitud mayor que todas las otras cosas que podamos hacer, como por ejemplo apagar las luces... Lo más grande que cualquier persona en Gran Bretaña podría hacer para ayudar al futuro del planeta sería tener un hijo menos".

¿Y quién consigue espacio de primera en los editoriales del diario de referencia de Estados Unidos para hablar del aborto? Idiotas como el catedrático de la Universidad de Iowa Brian Goedde que compartió sus festivos pensamientos antes de que su novia se practicara un aborto hace unos meses sobre la víspera de Año Nuevo en un ensayo que se publicó en el New York Times. "El aborto está programado para dentro de 2 días a partir de hoy y andamos retirados del mundo", recordaba. "Lavamos los platos.. nos cepillamos los dientes, saltamos a la cama y tenemos relaciones sin
protección. 'Ya no puedo quedarme más embarazada de lo que ya estoy' decía Emily. Nunca he sentido un placer más culpable".

Lo que raramente escuchará son las voces diciéndole que esa autoindulgencia está mal. Lo que raramente leerá son las historias de infinidad de mujeres (y de hombres) alrededor del mundo que saben que la tan cacareada opción que escogieron era la equivocada y que necesitan ayuda. Lo que raramente verá son los estudios que demuestran que el aborto acarrea unos costos y consecuencias que se arrastran de por vida -- altos niveles de desorden postraumático, depresión, pena, ostracismo, culpabilidad y, por lo menos en un estudio de Finlandia, mayores tasas de suicidio.

Para hacer llegar ese mensaje en Estados Unidos hay grupos de prevención como el Instituto Nacional de la Familia y Defensores de la Vida, que dona equipos de ultrasonido y ofrece capacitación para abrir una "ventana al útero" para mujeres con embarazos en crisis; también hay organizaciones sanitarias postaborto como Silent No More. Para combatir a los glorificadores del aborto, hay una campaña de esa organización que pone a la opinión pública en alerta de que el aborto es emocional, física y espiritualmente dañino para las mujeres y otras personas; se esfuerza por
llegar a las mujeres que están sufriendo por haber abortado y les hace saber que hay ayuda a su disposición e invita a las mujeres a unirse para hablar de la verdad sobre las consecuencias negativas del aborto.

Lo que Emma Beck más necesitaba oír es el mensaje que los propulsores del aborto desean ahogar con más desesperación: Usted no está sola.

Michelle Malkin es autora del nuevo libro: "Unhinged: Exposing Liberals Gone
Wild". Su correo electrónico es malkinblog@gmail.com.
(C)2008 CREATORS SYNDICATE, INC.
(C)2008 TRADUCIDO POR MIRYAM LINDBERG

Artículo publicado en LA VANGUARDIA
Barcelona, 23 de marzo de 2008