Dignidad humana

30.10.07

Verdad, cristianismo y democracia

El mejor modo de profundizar en qué es ser hombre y mujer es buscar la verdad del mundo y de la propia vida. Es claro que hay muchas perspectivas desde las que se puede contemplar la verdad de las cosas. Lo que no tiene ni pies ni cabeza es negar la verdad de la naturaleza afirmando que esto es una suerte de imposición intolerable. Además de un sinfín de ejemplos de sentido común que demuestran categóricamente la verdad, no ya de cosas evidentes, sino de la nobleza o vileza de diversos tipos de relaciones humanas, conviene recordar algo: sin una verdad superior no pueden existir verdades de rango inferior. Precisamente es esto lo que algunos parecen pretender: no hay más verdad que yo quiera en el plano privado y lo que diga la mayoría en el ámbito público, si se trata de una democracia. La verdad se sustituye por el interés. Así es imposible el amor, la generosidad, la afirmación desinteresada del otro.

El cristianismo ha revelado algo de gran importancia sobre lo que viene insistiendo el actual Pontífice: Dios es Amor. La suprema verdad se revela como amor y hace del amor la única clave de interpretación de la realidad; algo totalmente opuesto al fundamentalismo. Este conocimiento es sobrenatural pero no antinatural ni contrario a la razón y a la libertad. El cristianismo hace del amor un núcleo inseparable de la verdad, aunque los cristianos no siempre sepamos ser lo que decimos. El cristianismo es el credo que hace de la verdad amor. Algo encarnado en “el Hijo de Dios vivo”,como expone de modo brillante Benedicto XVI en su libro Jesús de Nazaret.


José Ignacio Moreno Iturralde