Dignidad humana

21.7.06

Vuelven las tribus

En España, sonriendo, al dejar de ser esencial para el matrimonio legal el contraerse entre hombre y mujer, así como que el compromiso dure más de tres meses, se ha dado un paso importante: cabe preguntarse hacia dónde. Si tales requisitos no son necesarios para contraer matrimonio, no deja de ser un puro convencionalismo el que se haga entre dos personas. Holanda, por ejemplo, ya ha legalizado el primer matrimonio entre tres. Incluso en la vieja Europa ya hay alguna voz relevante afirmando que una familia es “un grupo de personas que comparten un frigorífico”.
La acogida del “matrimonio clan” en la sociedad democrática comienza su singladura. Estos planteamientos conllevan unas estrategias pluriformes y variadas de la sexualidad que pasa a ser entendida como rapto pasional solidario y tal vez como expresión de cierta amistad ciudadana. La rancia vinculación entre sexualidad y reproducción se da por superada, respetando otros planteamientos más tradicionales, no sin apelar a su posible irresponsabilidad. Hay quien dice que un hombre de cuarenta años prefiere, antes que a una mujer de su misma edad, a dos de veinte. Pese al resabio machista de la expresión hay bastante de cierto en ella. Pero una cosa es la atracción y otra el consentimiento y si ese ciudadano es efectivamente tan necio de abandonar a su pareja en busca de las jovencitas muy pronto perderá a las tres, y a su propia biografía. Este tipo de sexualidad quizás pueda ser recomendable para los mandriles –cosa que dudo- pero no para las personas. Confundir el sexo con el amor es como pensar que los hilos de cobre electrificados son la bombilla que da luz: la cuestión no da calambre sino sida. El problema de la dichosa naturaleza se pretende arreglar con preservativos, pero lo que preserva el amor entre personas es la fidelidad, una palabra que no emplea ningún tipo de mono, con todo respeto a los simios. La distancia entre los que empiezan a enamorarse, el pudor, la pureza, la búsqueda de intermediarios, la creatividad, la anhelada cita para quedar a comer o ir al cine, por no hablar de la rosa roja, parecen ser estampas románticas bastante ñoñas de los años sesenta. Sin embargo, los cientos de miles de niños abortados –para quien sea lo suficientemente valiente de mirarles a la cara- son una puñalada al corazón de toda persona de bien.
Respecto al embrión se trata indudablemente de un individuo de la especie humana, al posible servicio de la humanidad. Quien cuenta es la especie, el progreso de una especie humana sin rostro personal: el progresismo cree en el progreso, pero no cree en el hombre. La especie es el tótem de la religión progresista. De esta manera el ciudadano es cada vez más mediatizado y envuelto por la especie, es decir, por el estado. Un estado que pretende ser una familia hasta el punto de decir a los padres sin recursos a qué colegio tienen que asistir sus hijos. Al faltar la básica referencia común de lo que es el matrimonio toda convicción se tambalea. La sociedad de derecho que culmina en las urnas respira cada vez peor en un ambiente donde prospera la fuerza de las tribus que se hacen con un poder mediático y político, que olvida muchas de las necesidades reales de quienes les otorgaron el poder.Toda esta pesadilla hecha realidad ante el sida mental de tantos no es, sin embargo, la auténtica realidad familiar y social de los españoles. Se trata de una superestructura opresora y coyuntural que defrauda a las familias sacrificadas, que son muchísimas, exigiéndoles la plusvalía de la atención a sus hijos, no suficientemente amparados por el estado. No todo en los que ahora mandan está mal. Estoy cierto de la buena voluntad de algunas de sus iniciativas. Pero la ruptura antropológica de la sociedad y la mordaza a la libertad que están llevando a cabo no pueden dejar indiferente a ningún ciudadano responsable, sean cuales sean sus ideas políticas. La cultura de la sensibilidad blanda y el corazón egoísta lleva en sí el germen de su propia destrucción. La familia, esa insustituible comunidad de amor entre padres e hijos, es un baluarte más fuerte que cualquier tiranía de turno porque es el modo más humano de ser feliz, aunque a veces se sufra de veras.
José Ignacio Moreno Iturralde