Dignidad humana

21.7.06

En el fondo de la paz

Los medios de comunicación nos ofrecen un gran servicio, pero con frecuencia nos presentan un mundo violento donde la paz cotidiana no es muchas veces noticia. Pienso que la sociedad audiovisual propone, en múltiples ocasiones, una reedición del mito de la caverna: aquella parábola de Platón donde unos hombres encadenados, sin posibilidad de darse la vuelta, veían en el fondo de una cueva las sombras de una realidad que estaba detrás de sus espaldas, juzgando erróneamente que aquellas sombras eran la única verdad. Despacio, puede abrirse paso la convicción de que junto a la historia de las guerras, los atentados, los cataclismos y las explosiones, existe otra historia profunda y personal: la de cada uno de nosotros. En esta historia íntima la paz es más que un deseo, es una necesidad. Se alcanza, todos lo sabemos, por la conciencia del deber cumplido, por la atención a mis semejantes, por adquirir una capacidad de querer que colorea al paisanaje. En esta paz silenciosa, la de la justicia y la fidelidad personales, el prójimo es el próximo, en toda su atractiva o pavorosa realidad. Por esto tal paz exige un íntimo trabajo de reconstrucción y ampliación del propio espíritu. Los espejos de la mente, atenta con frecuencia a atractivos e internos colores de neón, pueden transformarse en espléndidas ventanas que se abren al aire fresco de una realidad más prosaica y grata, recuperándose un tipo de madurez relacionada con la infancia a la que Chesterton definía como "cien ventanales abiertos".
Alguien ha dicho que una persona vale lo que vale su capacidad de hacer familia. Cuando observamos, con la perspectiva de las décadas, el inmenso valor de nuestros padres al haber sabido "aguantar el tirón" de la promesa, entramos en las veredas profundas de la historia. Al ver el retrato de nuestra madre, quien fue siempre incondicionalmente madre y mujer, hallamos la paz. Al darnos cuenta de tantos buenos maestros sencillos y sabios encontramos el gozo de la estima y la dicha de la propia vida. Cuando recordamos aquellos enfermos queridos que supieron encarar con realismo y discreción la propia muerte, nos enamoramos más de la vida. Es entonces cuando nos damos cuenta de que una partida de canicas con nuestro padre ha sido, para nosotros, más significativa que la pisada del primer hombre sobre luna; un lugar, al parecer, aburrido.
Hoy el mercantilismo espasmódico laboral se alía con la anestesia mema de la diosa autonomía. La vida privada es escasa quizás porque escasea la categoría personal. La realización propia se persigue como quien busca a su sombra; y uno termina por estar mareado y ensombrecido. Las mujeres que abortan no son conscientes de que no sólo acuchillan a sus hijos, sino a su propia biografía. En un sistema de libre mercado uno se puede rebajar libremente a ser un "recurso humano". Se busca una estrella que esté fuera, cuando verdaderamente está dentro de uno mismo, como una perla escondida. Se violenta el orden de la naturaleza de las cosas y la paz se aleja porque ella es la tranquilidad en el orden. Claro que no todo es así, pero muchos no lo tienen así de claro. De las torpezas se puede sacar sabiduría, de la propia bellaquería comprensión. Hasta la sangre de los niños asesinados podrá ser símbolo de color para una bandera infinitamente más humana que se asombre nuevamente ante la insólita autoridad de un bebé. Pero si queremos de veras vivir en un mundo más pacífico hemos de empezar por nosotros mismos, porque cada persona representa a las demás. En nuestra biografía, esa historia eterna, podremos toparnos de vez en cuando con las desgracias o loterías de la historia llamativa y deslumbrante; pero no podemos invertir la importancia de ambas porque no nos comprenderemos. Tú historia es la que interesa porque es la real: la humanidad no existe, existen las personas. En esa biografía privada, que lógicamente no excluye las responsabilidades sociales sino que incluso las espolea, se puede encontrar la paz: la paz del mundo, aún en medio de una ráfaga de balas o contemplando la grandeza de una manifestación en la democracia.
José Ignacio Moreno Iturralde