Dignidad humana

25.3.06

"Tan sólo son células"

“Que incomprensión muestran algunos con el desarrollo del progreso. Qué convicciones tan estrechas y sectáreas les llevan a ver en un embrión humano a una persona. Dicen que merece el mismo respeto que cualquier adulto. Algunos se amparan en su religión; otros apuntan datos genéticos. Incluso quedan singulares individuos que se atreven a hablar en el siglo XXI de la existencia del alma en términos filosóficos, como un principio de dinamismo de orden inmaterial: ¡Qué alambicados planteamientos!

El hombre es, querámoslo o no, materia en evolución y es en la adquisición de la autoconciencia cuando puede otorgársele, sin temor a equívoco, el estatuto de persona. Lógicamente no hay tal conciencia en las primeras etapas de la infancia desarrolladas al calor del afecto de una paternidad responsable. Por todo esto no podemos admitir que históricos tabús, estructuras de atraso, impiden el progreso del bienestar humano y de la medicina regenerativa.”

Pues bien, estas podrían ser algunas de las razones de los impulsores de la experimentación con embriones humanos; por no citar las colosales ventajas económicas que va a suponer, para algunos, tal actividad. Si ese materialismo que defienden pudiese ser cierto quedaría irremediablemente negado el carácter sagrado de la vida humana. La dignidad humana se reduciría a la autoconciencia personal y a sus libres determinaciones. Así, la dignidad deja de ser un principio incondicionado para transformarse en autodeterminación que puede desfigurar la identidad de terceros hasta negarla: esto es tan aplicable a los embriones como a los enfermos en estado vegetativo. Respecto a la perspectiva del progreso, una dignidad desde la fuerza de la mejora de la especie no es una dignidad de personas sino la de una manada de animales.

Al descomponer al ser humano en estructuras biológicas, con periodos de autonomía pasajeros, la dignidad ya no es un principio intocable de toda la sociedad sino un arma de poder de los fuertes sobre los débiles. La dignidad pasa entonces a estar al servicio de la explotación del hombre por el hombre.
José Ignacio Moreno Iturralde