Dignidad humana

18.3.06

El Gobierno español enseña sexualidad a los más jóvenes al márgen de la opinión de los padres

El Ministerio de educación español y el Instituto de la Mujer han presentado, el dieciséis de marzo pasado, dos manuales de educación sexual para chicas y chicos de enseñanza secundaria. Lo primero que llama la atención es que sean estas instituciones las que elaboren unos Manuales en vez de limitarse a marcar unos contenidos que posteriormente fuesen desarrollados por especialistas en diversas editoriales, según la libertad de cátedra propia de todo país democrático.

Una de las cuestiones que se muestran en estas materias es la bondad de la espontaneidad sexual en los más jóvenes. Las citadas instituciones se ven en una especie de compromiso moral por desprogramar toda una serie de convicciones que consideran como prejuicios históricos represivos. La nueva ciudadanía laicista debe de superar viejas barreras ideológicas hacia una aceptación natural de los propios deseos sexuales. Es en este punto donde quiero fijarme ahora: Wittgenstein, destacado pensador del siglo XX -desde una óptica ajena al cristianismo- afirmaba que “el ser humano no puede reducirse a sí mismo a ser objeto del instinto”. Aclaremos esta proposición: Es bueno sentir placer al comer o al beber; pero el placer es un medio que facilita el ejercicio de una necesidad. Lo consideración del placer como único fin a la hora de la comida nos lleva al desagradable recuerdo del vomitorio romano. En el caso de la sexualidad, el Ministerio de Educación estima el placer como un noble fin en sí mismo tanto en prácticas autoeróticas como heterosexuales u homosexuales. Tal afirmación es presentada, de entrada, como dogma inicial; ni siquiera la cuestión se plantea susceptible de debate. Sin embargo, la opinión de Wittgenstein –quien fue homosexual- coincide con la de destacados pediatras, psiquiatras, educadores, así como con millones de padres y madres de familia. El placer sexual es algo noble y verdadero cuando es fructífero. Este fruto no es una descarga hormonal sino la génesis de una criatura humana. Es misterioso el desprecio olímpico de los actuales gobernantes por la “esclavizante” relación entre sexualidad y reproducción. Parece como si se tratara de una insoportable carga de la naturaleza; carga sin la que ninguno de nuestros dirigentes existiría. Pero el pensador citado antes afirma, junto con civilizaciones milenarias, que el hombre no puede ser para sí mismo un objeto de satisfacción al margen de otra finalidad: el ser humano no se realiza cuando su corporalidad es un mero objeto. El cuerpo humano no es una hamburguesa para sí mismo. La realidad es tozuda y entre los adictos al sexo abundan individuos con características de pusilanimidad, cobardía y egoísmo. Los jóvenes que cultivan su autoestima personal, a través de un cuidado deportivo y ecológico de su propio organismo en conexión con sus fines naturales, suelen ser personas desenvueltas, con más capacidad de iniciativa y de solidaridad; como puede confirmar cualquier profesor de enseñanza media con experiencia.

La ola de filosofía de género propiciada por el gobierno español requiere hablar con inevitable crudeza: Las prácticas homosexuales conllevan severas infecciones porque, por ejemplo, el recto no está diseñado para que se le inyecte semen. La alternancia de la propia identidad sexual supone una severa crisis en la propia identidad personal que se realiza en el amor afirmativo de la identidad total de la persona amada, sexuada por naturaleza. Las píldoras anticonceptivas, tan alegremente distribuidas a menores a cargo del contribuyente, son peligrosas para el organismo que las ingiere. La cantidad ingente de abortos provocados no resiste mirar sin dolor a estas criaturas masacradas que constituyen el fruto sangrante de una civilización enferma.

La sexualidad como vehículo placentero del amor interpersonal es una nobilísima realidad en el contexto de la dignidad humana y familiar. Otra es la sexualidad espontánea y libertaria promovida de intento por el gobierno español que supone una antropología frontalmente opuesta a la familia; esa realidad nuclearmente humana que todos los sistemas opresivos de la historia han tratado de asfixiar para diseñar ingenierías sociales al servicio de los dictadores.

Todo padre y madre con sentido común no puede delegar la función educativa de sus hijos, especialmente en temas neurálgicos, en unos poderes estatales que incluso niegan el papel principal de los padres en la educación de sus hijos. Es, sin duda, la hora del asociacionismo familiar como protagonista insustituible de una educación libre y democrática.

José Ignacio Moreno Iturralde,
Profesor de Instituto.