Dignidad humana

17.12.05

La familia es bella

“Que te aguante tu padre” es una expresión muy española. Pero si el padre no lo aguanta tendrá que hacerlo la madre; y viceversa. Una familia coja no podrá dar un suelo seguro a sus hijos; el suelo familiar, que es el suelo del mundo humano. Si la persona no es para la familia, la familia no será para la persona; quizás es lo que está ocurriendo en amplios sectores de nuestra sociedad.

La familia indisoluble se presenta a los ojos de muchos como algo similar a una cárcel donde la libertad personal queda asfixiada. Se ha presentado a la familia –esposa, esposo e hijos; hoy es preciso aclararlo- como algo prosaico, aburrido, sufrido e incluso inhumano. No cabe duda que esta visión de la familia participa de todos esos adjetivos. Al mismo tiempo sigue siendo cierto, para multitudes, que la familia es el mejor lugar donde caerse muerto. Cabría pensar que por esto es también el mejor lugar para levantarse vivo todos los días. Quisiera narrar una historia que me parece fantástica: El cuidador de un cocodrilo del zoológico llevó un día a su hija pequeña con él al lugar del trabajo. En un descuido la chiquilla cayó a la fosa del bicho, que inmediatamente se dirigió hacia la presa. El padre se lanzó con un cuchillo sobre el reptil y le arrancó los ojos, salvando a su hija. No he querido comprobar si la historia es cierta pero merece serlo. La paternidad supera a la mera humanidad. Lo mismo ocurre, pienso que más aún, con la maternidad. Lógicamente contemplo posibilidades razonables y nobles para no contraer matrimonio.

El núcleo del asunto está en qué es amar: un rapto pasional o una afirmación de la otra persona. Pieper, un pensador alemán contemporáneo, dice que amar es afirmar “es bueno que existas”. Amar es querer lo mejor para la persona querida. Realmente aprender a amar es aprender a ser mejor persona; no a evaluar cuál es mi gado de satisfacción afectiva.

La naturaleza, ese prosaico lastre que somos nosotros mismos, nos impone de modo impune que el amor plasmado en la relación sexual tenga notables probabilidades de encarnarse en un hijo. Esta relación entre dos es elevada a una nueva y tercera dimensión; es decir: lo humano puede elevarse en lo divino. El amor esponsal entra en una superación que se hace vida nueva. La mirada entre dos ya no se cansa porque se renueva y fecunda en un arcano de vida. Por el mismo motivo cuando se niega la vida los ojos del cónyuge no son ya una ventana para amar sino un espejo donde se ve el rostro estéril y egoísta del yo.

Si no entendemos las leyes de la naturaleza, con su porción de enigmáticos y desconcertantes errores, nos abrimos a un mundo de nuevas posibilidades afectivas. Nos preguntamos por qué pechar con una fidelidad que se hace tan gravosa. No vemos la fidelidad pesada como una pesada digestión; por eso la libertad nos lleva a la anemia. El hombre se torna tan independiente y tan estéril como una hoja de otoño zarandeada por el aire. Incluso nos preguntamos por qué no va a ser tan matrimonio la unión de dos hombres o de dos mujeres como la unión de un hombre y una mujer. Surge así un género que no genera; surge una familia de algo que no existe porque el género humano solo existe en hombres y mujeres concretas. El sueño se hace realidad y en este caso se trata de una pesadilla.

“El amor nunca pasa y si pasa no es amor”, escuché en una ocasión a mi padre. Por eso el amor, el verdadero amor, hace nuevas todas las cosas. El amor siempre da vida, siempre dota de sentido, siempre es familiar.

José Ignacio Moreno Iturralde