Dignidad humana

1.11.05

Eternamente mujer


Pese al actual auge mediático de la ideología de género sigo pensando que el pecho femenino es algo especialmente apropiado para dar de mamar. La intuición felina con la que hago tan arriesgada afirmación se basa en el hecho de que todos los mortales nos hemos alimentado de los benditos pechos de nuestras madres.

Un pecho que da vida no sólo da la leche del cuerpo, sino la del espíritu: el de la maternidad y la familia. Esta vitalidad genuinamente femenina es la fuerza de la tierra y de la humanidad. Tal casta de maternidad construye una biografía de biografías: un hogar, el último baluarte contra los tiranos. El temple y la decencia de la madre modela una familia, a la vez que encuentra en sí misma un manantial de ingenio y de eternidad.

El hombre, perenne marmolillo –excepto en sus raptos de juventud- gira inconsciente y atolondrado en torno a su verdadero eje o quicio: su mujer. Y el hecho de que prospere ahora el desquiciamiento no es otro que la ruptura de ese eje. Cuando un hombre y una mujer construyen, con los ladrillos de los días y el cemento de un amor entregado, su casa y su familia, se construyen y se aseguran a sí mismos. Cuando hombres y mujeres revolotean divorciándose y volviéndose a casar en matrimonios de papel de fumar no habitan en hogares sino en grutas, porque sus espíritus son como cuevas de atractiva entrada pero de tenebrosa e incapaz acogida; sus entrañas se llenan de murciélagos.

Una feminista americana dijo que la familia es un “confortable campo de concentración”. Ocurre precisamente lo contrario: la familia es una concentración de campo confortable; si se cultiva. La madurez consiste en trabajar para conseguir fruto; no en disfrutar trabajosa y estérilmente.

Es estupendo que una mujer sea presidente del gobierno, por ser capaz; no por ser mujer. Es fantástico que el hombre cocine en la casa, si aprende a cocinar. Pero es esperpéntica la situación que desatiende y discrimina a la familia, al berrido del cuerno del progresismo. Chesterton decía que quien se rebela contra la familia se rebela contra la humanidad; a mi me parece que se rebela también contra sí mismo.

Cuando pase este otoño de decadencia, dispersando las hojas muertas, siempre llega la primavera revigorizante de la vida. Allí siempre está el rostro amable y acogedor de una madre, donde uno puede reconocerse como un ser humano.


José Ignacio Moreno Iturralde