Dignidad humana

12.11.05

Don Tiburcio


Estaba fascinado. Había descubierto, ¡por fin!, que era simplemente uno más, por mucho que hiciera. La fiebre del “hacer” le había comido buena parte de su vida y de su felicidad, pero ahora algo había cambiado. Deseaba pasear por el campo, caminar tranquilo, ver más guapa a la gente. Quería disfrutar cada minuto, jugando a poner caras feas con su hija o comprando una barra de pan. Procuraba que su trabajo intenso fuera útil a los demás. No lo había conseguido todavía pero empezaba a seducirle profundamente la idea de ser simplemente Tiburcio: de ser más, de poseerse más. Disculpaba las equivocaciones del abuelo, animándole; incluso recitaba poesías a un perro amigo –lo hizo pocas veces-. Razones psicológicas le mordisqueaban acusándole de auto-justificar su incompetencia; pero las veía venir y las dejaba pasar. Se dolía por la juventud pervertida, los atentados terroristas, la injusticia global, los ancianos olvidados, la canallada del aborto y la congelación y destrucción de embriones humanos. Al respecto procuraba hacer lo que podía sin llegar a ver la repercusión global de sus acciones. Pero sabía que el viento de la sabiduría había pasado discreto y venturoso por su mente enfermiza y por los recovecos malolientes de su corazón. Cuánto se gozaba por aquella brisa sanadora y fecunda. La sabiduría, multilocable y velocísima, se había posado en su alma, de asiento, y había transformado su mirada. Con esa mirada cambiaría al mundo; porque era la mirada sabia de quien había aceptado su propio vivir y estaba en armonía con todo lo demás. Así, él se abría al cosmos y encontraba, a través de campos alegres y de paisajes tenebrosos huérfanos de luna, el núcleo originario de la vida, oculto como un tesoro caído de las estrellas en el corazón de cada hombre.

José Ignacio Moreno Iturralde

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