Dignidad humana

29.10.05

El sueño de Martin Luther King


“Hace cinco veintenas de años, un gran americano, bajo cuya sombra simbólica permanecemos, firmó el Acta de Emancipación. Aquel memorable decreto llegó como un faro de esperanza para millones de esclavos negros que habían sido consumidos por las llamas de una injusticia vergonzante. Llegó como el gozoso amanecer que da fin a una larga noche de cautividad.

Pero cien años después, debemos afrontar el trágico hecho de que el Negro todavía no es libre. Cien años después, la vida del Negro aún es paralizada por las esposas de la segregación y por las cadenas de la discriminación. Cien años después, el Negro vive en una isla solitaria de pobreza en medio de un inmenso océano de prosperidad material. Cien años después el Negro aún languidece en las esquinas de la sociedad americana y se encuentra a sí mismo como un extraño en su propia tierra. Por eso hemos venido hoy aquí a poner de manifiesto una situación aterradora.

En cierto modo hemos venido a la capital de nuestra nación para cobrar un cheque. Cuando los arquitectos de nuestra república escribieron las magníficas palabras de la Constitución y de la Declaración de Independencia, estaban firmando un acta de promesas de la que todo americano iba a sentirse heredero. Esta Acta era una promesa de que a todos los hombres se les iba a garantizar los derechos inalienables a la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad.

Hoy resulta evidente que América ha quebrantado sus promesas, al menos en lo que al ciudadano de color se refiere. En vez de honrar esta sagrada obligación, América ha dado al pueblo negro un cheque falso; un cheque en el que aparece escrito “no hay fondos”. Pero nos negamos a creer que el banco de la justicia haya quebrado. Nos negamos a creer que no haya fondos suficientes en las grandes bodegas de oportunidad de esta nación. Por eso hemos venido a cobrar este cheque: un cheque que nos dará las riquezas de la libertad y la seguridad de la justicia. Hemos venido también a este lugar venerado, para recordarle a América la impetuosa urgencia del AHORA. No es este el momento de tomar la droga tranquilizante del gradualismo. Ahora es el momento de hacer reales las promesas de la Democracia. Ahora es el momento de elevarnos desde el oscuro y desolado valle de la segregación hacia el sendero luminoso de la justicia racial. Ahora es el momento de abrir las puertas de la oportunidad para todos los hijos de Dios. Ahora es el momento de sacar a nuestra nación de las arenas movedizas de la injusticia racial y conducirla hacia la sólida roca de la solidaridad.

Sería fatal para la nación minusvalorar la urgencia del momento y subestimar la determinación del Negro. Este sofocante verano del descontento legítimo del Negro no pasará hasta que llegue el otoño revigorizante de la libertad y de la igualdad. 1963 no es un final, sino un comienzo. No habrá descanso ni tranquilidad en América hasta que al Negro se le garantice sus derechos como ciudadano. Los huracanes de la revuelta continuarán azotando los fundamentos de nuestra nación hasta que nazca el día brillante de la justicia.

Pero hay algo que debo decir a mi pueblo, que permanece aquí en el acogedor bosque que conduce al Palacio de Justicia. En el proceso de obtener el lugar que nos corresponde, no debemos ser culpables de actos erróneos. No busquemos satisfacer nuestra sed de libertad bebiendo de la copa de la amargura y del odio. Debemos conducir siempre nuestro esfuerzo desde la dignidad y la disciplina. No debemos permitir que nuestra creativa protesta degenere en violencia física. Una y otra vez debemos elevarnos hacia las cumbres majestuosas donde la fuerza física es vencida por las fuerzas del alma. La maravillosa y nueva militancia que ha reunido a la comunidad negra no debe conducirnos hacia la desconfianza respecto de todo el pueblo blanco, porque muchos de nuestros hermanos blancos, como es evidente por su presencia aquí hoy, han venido a darse cuenta de que su destino está atado a nuestro destino y de que su libertad está indisolublemente ligada a nuestra libertad. No podemos caminar solos.

Y mientras caminamos debemos adoptar el compromiso de ir a la cabeza. No podemos retroceder. Algunos fanáticos de los derechos civiles nos preguntan:¿Cuándo estaréis satisfechos? Nunca podremos estar satisfechos mientras el Negro sea víctima de inenarrables horrores de brutalidad policial. Nunca podremos estar satisfechos mientras nuestros cuerpos, cansados por la fatiga del camino, no puedan conseguir alojamiento en los hoteles de las autopistas de las ciudades. Nunca podremos estar satisfechos mientras la movilidad mínima que se le permite al Negro sea desde un ghetto pequeño a otro más grande. Nunca podremos estar satisfechos mientras el Negro del Mississipi no pueda votar y el Negro de Nueva York crea que no tiene a nadie por quien votar. No, no estamos satisfechos y no estaremos satisfechos hasta que la justicia se derrame como el agua y nuestro derecho sea como un río poderoso.

No me equivoco si afirmo que algunos de vosotros habéis llegado aquí desde juicios y tribulaciones. Algunos acabáis de salir de la cárcel, otros venís de zonas donde vuestra lucha por la libertad con tormentas de persecución y huracanes de brutalidad policial. Habéis sido veteranos de un sufrimiento creativo. Continuad trabajando con la fe en que el sufrimiento inmerecido es redentor.

Volved a vuestras tierras conscientes de que de algún modo, esta situación puede y deberá ser cambiada. No nos revolquemos en el valle de la desesperanza. Yo os digo hoy, amigos míos, que a pesar de las dificultades y frustraciones del momento, aún tengo un sueño. Es un sueño profundamente enraizado en el suelo americano. Sueño que algún día esta nación se elevará y hará vida el significado auténtico de su credo:”Sostenemos como verdad evidente en sí misma que todos los hombres han sid creados iguales”. Sueño que un día en las rojas colinas de Georgia los hijos de los que antes fueron esclavos y los hijos de los que antes fueron amos serán capaces de sentarse juntos en la misma mesa. Sueño que un día, incluso en los estados más racistas, habrá un oasis de justicia y libertad. Sueño que mis cuatro hijos pequeños vivirán un día en una nación en donde no se les juzgará por el color de su piel sino por las capacidades de su carácter.

Tengo hoy un sueño. Sueño que un día los lugares planos se elevarán, las montañas y colinas descenderán, los caminos pedregosos se allanarán y los lugares torcidos serán enderezados, y la gloria del Señor se revelará, y todo el género humano estará allí junto viéndolo.

Esta es nuestra esperanza. Esta es la fe con la que yo vuelvo al Sur. Con esta fe seremos capaces de sacar de la montaña de la desesperanza una piedra de esperanza. Con esta fe seremos capaces de transformar las tristes discordias de nuestra nación en una hermosa sinfonía de solidaridad. Con esta fe seremos capaces de trabajar juntos, de rezar juntos, de ir a la cárcel juntos, de rezar juntos, de permanecer juntos luchando por la libertad, conscientes de que un día seremos libres.”