Dignidad humana

25.9.05

¿Qué es educar?

La película “El milagro de Ana Sullivan” es todo un tratado de humanidad; donde sin duda destaca la cuestión educativa. Helen –una chica de unos quince años- había perdido en la primera infancia dos de sus sentidos: la vista y el oído. Gravemente incomunicada, su temperamento fuerte y su falta de desarrollo personal le habían llevado a una postura muy difícil de soportar por su familia. Al borde de dar la situación por perdida consiguen los servicios de su nueva maestra: Ana Sullivan, que había sido ciega y tenía un carácter no menos enérgico. Frente a la oposición de Helen y las ineficaces transigencias de los padres con la niña, el tesón y pundonor de Ana conseguirá un milagro en Helen: conseguirá ejercitar su razón aprendiendo, contra todo pronóstico, el lenguaje de los sordomudos.

-¿Qué entiendes por educación? –Trabajo como profesor de Enseñanza Media desde hace veinte años y no sabría dar una definición exacta. Puedo decirte que, en mi opinión, cuando se logra en clase un ambiente de tertulia grata y simpática, donde el profesor lleva las riendas, se está llegando a un punto muy alto en la educación escolar.

-Entonces no eres partidario del esfuerzo. –Claro que si lo soy. Para llegar a lo que antes te he dicho hacen falta varias cosas. Por una parte los alumnos tienen que tener una educación impartida por sus padres –que es la más importante- y saber estar en clase. Por otra, el profesor tiene que tener cierta pasión por su asignatura, renovarla día a día y procurar transmitírsela a sus alumnos. Como consecuencia de esa educación y de ese esfuerzo común se puede llegar a crear un ambiente verdaderamente grato.

-¿Es fácil? –Pienso que no. Tengo que reconocer que en muchas ocasiones no lo consigo y me parece que otro tanto le ocurre a muchos compañeros. Eso no quita que existan auténticos maestros –yo he conocido a varios- que son capaces de hacerlo prácticamente a diario.

-¿Qué es lo que espera un alumno de su profesor? –Eso tendrías que preguntárselo al alumno. Una vez, en un examen, un alumno escribió algo que me llamó la atención. Se refería a otro profesor, colega mío. Decía más o menos: “es como cuando ves a Don … Entonces crees más en la asignatura, crees más en la vida”. Pienso que la exigencia, la ilusión por enseñar, la preparación de las clases, la comprensión y el discreto buen humor, cuando proceda, son características que los alumnos agradecen.

-¿Es sencillo comprender a los alumnos? –Un buen profesor de Enseñanza media es el que da la clase a todos y cada uno de los alumnos; no a una masa impersonal. Esta actitud supone poner el corazón y no todo el mundo está siempre en disposiciones de hacerlo.

-¿Dan sorpresas los alumnos? –Desde luego. En una ocasión pregunté en clase si siempre había una opción que era la mejor entre varias, o podrían existir varias opciones igualmente buenas. Les aclaré que lógicamente dependería de para qué tipo de opciones se tratara. Concreté algo más diciendo que me refería a decisiones libres respecto a la vida propia. En ese momento un alumno, al que yo consideraba algo rudo, comentó:”Oiga, no sería mejor dejar algunas preguntas sin responder”.

-¿Es dura la educación? -Puede ir por temporadas; pero hay momentos que pueden ser muy duros. Es cierto que tenemos más vacaciones que ningún otro profesional pero también es verdad que una hora de trabajo sentado en un despacho no es igual a una hora intentando serenar y enseñar a adolescentes.

-¿A qué compararías la enseñanza? –A navegar. No es igual hacerlo a primera que a última hora. Ni es lo mismo dar clase a este grupo que a este otro. Lo mismo que el mar, el oleaje de los días cambia por momentos y conviene saber adecuar los principios que te planteas enseñar a las peculiares situaciones de cada momento.


José Ignacio Moreno Iturralde