Dignidad humana

16.9.05

Los quicios de la personalidad

Muchos hemos disfrutado con la trilogía cinematográfica de “El Señor de los anillos”. Quisiera fijarme en la figura de Sam; incondicional escudero de su señor Frodo. Sam no es el protagonista del relato; pero su figura es clave para el desenlace de lo que Tolkien imaginó. La campechanía de Sam recuerda algo a la de Sancho Panza; se trata de un hombre sencillo y valiente. Sam no es un ingenuo y no piensa en si mismo. Tiene defectos pero los supera por el sentido que tiene de su misión y es ejemplar sobre todo por una cosa: su fidelidad.

-¿Por qué quieres empezar hablando de las virtudes? –Porque es un término que ahora se emplea poco y me parece de gran importancia. Las virtudes cardinales fueron definidas hace veinticinco siglos y son la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza. El término cardinal tiene que ver con la palabra quicio. Estas virtudes suponen los quicios de la puerta de nuestra personalidad en relación con el mundo. Si fallan estaremos más o menos desquiciados y este desquiciamiento parece que nos afecta hoy de un modo agudo.

-¿A qué se debe? –Quizás a un desprestigio de la verdad de las cosas. Se da, a mi modo de ver, una excesiva importancia al modo personal de ver un asunto respecto a su realidad objetiva. Me parece que hay una falta de humildad intelectual generalizada. Las cosas son como son; no como nos gustaría que fueran. Como comprenderás pienso que es muy importante intentar mejorar situaciones que no van bien; pero no se debe fabricar un mundo a la medida de uno sino hacerse uno a la medida del mundo.

-¿Por qué? –Porque así te haces grande como el mundo; sino, construyes un mundo pequeño a tu medida. De este modo la persona se acaba ahogando en sí misma.

-¿En qué consisten las cuatro virtudes que has citado? –Te voy a responder sin mucho rigor. La prudencia supone ser realista y esto no es fácil. Entre otras cosas porque requiere conocimiento de la realidad y mucho conocimiento propio; ambas cosas conllevan bastante sabiduría y, por tanto, esfuerzo. La justicia nos lleva a no hacer acepción de personas: dar a cada uno lo suyo supone también procurar tratar imparcialmente a todos. La fortaleza tiene dos dimensiones: el ataque y la resistencia. Ésta última es la más difícil y la más cotidiana. La templanza supone dominar lo orgánico con la razón y la voluntad; algo que misteriosamente está ahora por los suelos.

-¿Por qué misteriosamente? –Se plantea en muchos medios de comunicación y de diversión unos ejemplos de conducta como si tuviéramos la naturalidad de un ciervo. Hay bastantes cursos escolares que se planifican como una terapia ocupacional, cuando debían de ser etapas de esfuerzo y trabajo. Se fomenta el uso de preservativos en vez de enseñar una sexualidad responsable y acorde a la naturaleza. Bastantes cadenas de televisión se han rebajado a planteamientos con frecuencia zafios y vulgares; con algunas excepciones que demuestran que es compatible la amenidad con la calidad y dignidad de contenidos.

-¿Hay una huida del espíritu de sacrificio? –Pienso que si. Pero curiosamente, tras esa huida es frecuente ver personas con una agotadora jornada laboral y con una vida familiar donde no hay mucha alegría. Es como si al huir del sacrificio acabara uno pasándolo peor.

-¿Esta abnegación de la que hablas es un fin? –Desde luego que no. Porque quiero algo que merece la pena paso esa pena. Quizás esté aquí el problema: en que con frecuencia perseguimos cosas que no valen demasiado la pena.

-¿Por qué? –Porque hay que reflexionar, pensar, rezar. Una persona que medita poco puede hacer muchísimas cosas, o muy pocas, sin que ninguna de ellas sea verdaderamente valiosa.

-¿Qué entiendes por una cosa valiosa? –Quevedo decía que “sólo el necio confunde valor y precio”. Una cosa valiosa es aquella que me llena de sentido, que me realiza como persona en relación con los demás: trabajar con afán de servicio, ayudar a un necesitado, pasarlo bomba con mi familia.

-Algunas virtudes estarán en auge, digo yo. –Así es. La solidaridad es una de ellas. La tolerancia es otra; el respeto ante opiniones distintas. Pero hay que entenderlas bien. La solidaridad con los marginados es fabulosa siempre que se viva una mayor solidaridad con los de la propia casa. La tolerancia es una virtud necesaria pero no se la puede absolutizar. Se tolera algo desagradable; el bien se quiere. Respetar opiniones distintas es algo bueno pero no todas valen lo mismo; esto se ve bien claro respecto a un consejo médico.

-¿Ves algún camino para recuperar las virtudes? –Hemos avanzado mucho en la valoración de la libertad y esto hay que tenerlo en cuenta. Si pocas veces ha sido un buen motivo hacer las cosas porque si, ahora menos. Conviene levantar la libertad hacia su fin que no es ella misma, sino el bien. Para esto hay que recuperar la noción de verdad que hoy -tras un tremendo siglo XX lleno de falsas ideologías- suena algo impositiva. Sin embargo la verdad es sobre todo atractiva; el mismo Nietzsche dijo de ella que era como una mujer guapa. La belleza es un camino muy interesante para llegar a la verdad. Cuando en la vida de una persona su moral es atractiva hemos dado con un poderoso reactivo: “yo quiero ser como ese”. Es importante que hagamos ver el lado simpático y gozoso de la virtud pues de lo contrario estaríamos planteando una ética falsa que no convence a nadie.
José Ignacio Moreno Iturralde