Dignidad humana

12.8.05

Hoy soñé una España nueva

Pensaba en otra cosa; en una España distinta. Mantenía muchos aspectos iguales a la actual, como puede ser ir gratis al baño en un bar, o hablar a saco de fútbol. Sobre todo conservaba el insuperable espíritu ciudadano de los madrileños en el terrible día del 11-M de 2004.

Intuía un País Vasco liderado por vascos que tenían el suficiente criterio para apartarse de los comprensivos con el terrorismo, y una Cataluña gobernada, sobre todo, por verdaderos catalanes; es decir: por hombres prácticos y eficaces.

Veía posible una España justa, con sus abuelos y padres, que ayudaba a la familia como célula nuclear e irrenunciable de una sociedad llena de humanidad donde se veneran los nombres de padre y madre. Un país donde se restablecía el lugar jurídico del matrimonio. Sí: España, dejando atrás unas décadas indignas e indecentes, lideraba la causa justa del más indefenso: del niño concebido y aún no nacido. No veía esto como una ñoñería porque hace falta ser ignorante y ciego para llamar progreso a un millón de asesinatos de fetos humanos inocentes. Se trataba de un país que había pasado por la cínica etapa de llamar estructuras biológicas a los embriones humanos congelados a los que había despojado de toda dignidad tratándolos como si fueran los de cualquier animal. Un país donde en ciudades como la capital se incitaba a la promiscuidad distribuyendo gratis y sin conocimiento paterno peligrosas píldoras anticonceptivas y abortivas. Un país, que como otros muchos en el mundo, había regresado a la barbarie y presumía de estar civilizado.

España seguía siendo, como siempre fue, Quijotesca y Sanchopanzera. Quijotesca por su autoestima y su capacidad de consolidar una economías eficaz para sí y para el desarrollo sostenido –no sostenible- de los países del Tercer Mundo. Sanchopanzera porque acogía con sentido común a inmigrantes; muchos de los cuales nos devolvían una paz y una serenidad en la vida que ya habíamos olvidado.

Ante todo un país que había dado carpetazo final a una horrible y totalmente superada guerra civil. Una España no confesional pero si más cristiana y, precisamente por esto, con más capacidad para convivir con musulmanes, judíos y no creyentes –mejorando en mucho estas formas de convivencia de siglos ya remotos-.

Una España llena de vida con jóvenes llenos de ilusión y ganas de trabajar. Un lugar donde un niño dialogaba con el frutero de su barrio en alegre camaradería; donde las angulas eran más baratas y se podían comer al menos por Navidad. Una tierra, y mira que esto es difícil, donde la política era una sacrificada e ingrata etapa pasajera para servir a los conciudadanos.

Un país que no lograba alcanzar al G-8 pero donde daba gusto vivir. Una España nueva hecha por jóvenes con ideas muchísimo mejores que las mías, con el corazón grande, la mente serena, el alma alegre y generosa; y con el suficiente realismo para no dejar de soñar.

José Ignacio Moreno Iturralde