Dignidad humana

7.8.05

El desprecio por la propia especie

Argenis M. Ramos O.

Siempre que se debate sobre la “legalización” del aborto, se debate lo indebatible, porque el respeto a la vida de toda persona no es una cuestión opinable. Simplemente, se ha de respetar y ya. Porque, si no se respeta para TODOS, entonces no se respeta para NADIE, puesto que todos somos iguales en dignidad. Es aquí: En “todos somos iguales en dignidad” donde se estructura la estrategia pro abortista. De qué manera. De una manera muy sencilla: Ignóralo. Ignora al niño o niña por nacer. Ponle calificativos malsonantes. Llámale “feto”, “embrión”, “coágulo”, pero jamás le concedas el nombre de persona, niño, niña. Cuando te refieras al hecho de su existencia, manifestada por el embarazo, sigue ignorándolo. Habla del embarazo como de algo que sólo atañe a la mujer, como algo de su cuerpo que sólo le importa a ella. Habla del embarazo de manera “impersonal”, como si fuera un añadido, algo así como un tumor maligno al que es necesario extirpar; pero ni de cerca hagas referencia a la “causa” del embarazo: Un ser con una carga genética propia e única, que le define esencialmente como un individuo de la especie homo sapiens. Es decir –sin tantas palabras- un SER HUMANO, HOMBRE o MUJER.

Oculto u oculta, ese diminuto o diminuta homo sapiens va desarrollándose “linealmente”, según las claves de su propia naturaleza genética. Si su morfología es humana, es porque su genoma es humano. No hay ningún salto. Podríamos decir, parafraseando una cita bastante conocida: En el principio era el genotipo, y el genotipo estaba en él/ella y el genotipo era él/ella.
Lamentablemente, no sólo aquellos que profesan la “religión” antivida ignoran deliberadamente la existencia de estas y estos individuos de la especie humana, en proceso de desarrollo, crecimiento y maduración intrauterina. También, hay muchas personas que sin pertenecer al movimiento antivida, asumen una postura que nada tiene que ver con la evidencia racional y científica. Sin embargo, en otros ámbitos, sin ninguna evidencia científica, sino por puro sentido común y cierta sensibilidad “ecologista”, se defienden posturas a favor de la vida de individuos pre-nacidos de otras especies. Me explico: Si en los EE.UU., se penaliza la destrucción tanto de águilas calvas como de sus huevos, es porque se tiene la certeza de que en esos huevos hay águilas calvas (porque al huevo vacío no se le protege de ningún modo). Si en Europa se penaliza a los conductores que atropellan y matan a venadas preñadas con doble multa, es porque le reconocen al individuo pre-nacido (no importa el mes de gestación que sea) su carácter de venado. No hay sitio del mundo en que zoólogos, biólogos, ecólogos, y centenares de activistas ecologistas, no defiendan a los individuos pre-nacidos de especies en peligro de extinción o de alta vulnerabilidad. A todos esos individuos pre-nacidos se les reconoce su pertenencia a tal o cual especie. ¿Por qué no sucede así a la hora de reconocerle todos los derechos, incluido el de la vida, a los individuos pre-nacidos de la especie humana? Sólo tengo una respuesta. Y la tengo basada en mi pasión ecologista de mi infancia, adolescencia y juventud. Falta de amor. Sí, lo que mueve a miles de ecologistas de todo el mundo a exponer incluso su propio físico, para salvar de la destrucción a individuos de otras especies nacidos o por nacer, ES EL AMOR. Lo que lleva a muchos seres humanos a no reconocerle ningún derecho ni pertenencia a la propia especie a sus congéneres pre-nacidos, ES EL DESAMOR.
No basta la inteligencia para asumir la verdad, hace falta el amor. Sin amor, es sumamente fácil caer en el falseamiento de la evidencia o en simplemente ignorarla. Ese cerrar los ojos de la inteligencia a la evidencia de la realidad de otros seres humanos en situación de pre-nacidos, indica algo más: Un desprecio oculto –a veces inconsciente- hacia la propia especie. Es probable que –sin ser plenamente conscientes- muchos y muchas guarden un mortal odio hacia los “otros de la misma especie”, que se traduce de diversas maneras: Terrorismo, racismo, eugenismo, aborto, eutanasia. Terrorismo, como desprecio por los que, de alguna manera, representan otra forma de pensar. Racismo, como desprecio a los que tienen una cultura o un “color” distinto del mío. Eugenismo, como desprecio hacia quienes son considerados por mí como inferiores en sentido físico o intelectual. Aborto, como desprecio hacia aquellos que se distinguen de mí por no haber nacido (son los más débiles de los débiles). Eutanasia, como desprecio a los enfermos “improductivos”.

Desde luego, que la muerte que destruye a otros, aplicada directamente por otros de la misma especie no cuadra ni con la compasión, ni con cualquier otro tipo de actitudes constructivas o positivas tan predicadas hoy día por nuestra sociedad “light” y liberal. Pero en medio de tanta “ligereza” y “liberalidad” eso, la destrucción de seres humanos por nacer, se está haciendo con toda sofisticación y crueldad.
Tal vez, muchos y muchas consideren a la especie humana –por supuesto, exceptuándose ellos mismos- como una especie digna de ser despreciada por haberse convertido en “depredadora” de otras especies animales y vegetales, o de diversos ecosistemas. O tal vez no rechazan al hombre mismo, sino a la imagen de Dios, que de alguna manera u otra, destella en cada hombre y cada mujer; y, por ello, ese desprecio hacia las religiones judía y cristiana, que promueven estos conceptos en su cuerpo de doctrina. Quizá por eso, aunque se les de un rascacielos de evidencias científicas, que demuestran la real y esencial humanidad de los niños y niñas por nacer, ellos y ellas –entiéndase, los que están de acuerdo con el aborto- seguirán diciendo que son argumentos “religiosos”. Definitivamente, lo de ser imágenes vivas de Dios es una realidad demasiado esencial como para obviarla, aunque no se haga de manera consciente. Es decir, si se desprecia a Dios, se desprecia al hombre. Si se desprecia al hombre, se desprecia a Dios. No hay término medio.

Este razonamiento trae otra vertiente que no pienso explorar. Simplemente plantearé la cuestión: ¿Y qué hay de aquellos que se dicen católicos, creyentes y adoradores del Dios vivo, y aceptan el aborto o la eutanasia? ¿En qué ámbito se inscriben? Al menos los que tienen “otros dioses” o se declaran ateos o no creyentes, en su increencia o ateísmo tienen su mayor argumento antivida. Pero los que se dicen creyentes del Dios de la vida ¿qué argumento tienen? Ahora mismo recuerdo un eslogan que circula en los EE.UU.: “No se puede ser católico y pro-aborto”. Pero también se me viene un dicho criollo: “Perder el chivo y el mecate”. Es decir, ser católico y pro-aborto, en sentido venezolano, es, definitivamente, “perder el chivo y el mecate”. Dicho filosóficamente: Perder la razón y la fe.