Dignidad humana

12.7.05

Una experiencia dura, pero con fruto

Dudaba razonablemente en contármelo, pero mi amigo me lo confió. Tenía que vender el piso de sus padres. No tenía hermanos. Su madre había fallecido santamente hace años y su padre, que vivía en una residencia, era ya muy mayor. A la hora de dejar libre la casa abrió un inmenso armario blanco: Fotografías de familia, cartas de los abuelos, el angelote rosa que al darle cuerda tocaba “Noche de paz”: todo tenía que ser embalado o tirado. Los recuerdos más raíces de la infancia, las noches de reyes magos, las reuniones con los tíos y los primos, los cuadernos del colegio, las zozobras de la adolescencia…se desvanecían. Tantas cosas conseguidas con mucho esfuerzo eran ahora despachadas con rapidez. Pese a intentar controlar el ánimo, las vaharadas de la tristeza iban haciendo sutiles y sinuosas entradas en su alma. Las ventanas se abrían a un jardín cargado de severa belleza y de recuerdos. Sonaban las campanas de una Iglesia; otra vez las campanas. Salió de allí, cansado, sin hacer tampoco un drama del asunto. Meditó serena y largamente buscando una respuesta y, como siempre le ocurría, después de pedirla la encontró: sólo lo que se hace por amor a Dios vale la pena, permanece, es eterno. Todo lo que se construye al margen de este secreto tesoro de oro puro se deshilacha como un saco viejo, se aja y se convierte en amargura. La casa de la infancia había cumplido su papel: ahora era el cimiento de un hogar del espíritu cuajado de sentido. Un hogar lleno de precariedad y rudeza pero, al mismo tiempo, ensanchado por la compañía de tantos seres queridos. Un discreto y aún maltrecho lugar donde milagrosamente se ha depositado el buen vino de la sabiduría y donde, al abrir la ventana al horizonte, clarea al fondo de barrancos y hondonadas la bandera de la victoria; de la fiesta y la compañía.

José Ignacio Moreno Iturralde.