Dignidad humana

6.6.05

Nuestra amiga Blanca

Ha sido necesario que pasen algunas semanas, para dejar que la pena y tristeza de su partida y la alegría por su triunfo se asienten, y dejen al corazón y a la mente hablar con calma; en ese silencio, quietud y sosiego que nos permite encontrarnos con nosotros y con el Creador. Quisiera que este recuerdo, sea una de alguna forma una oración viva compartida con todos aquellos que experimentamos sentimientos y sensaciones similares.

Mi esposa y yo conocimos a Blanca Beatriz Neira Canales hace 20 años; estaba entrando a su plenitud como mujer, profesional y defensora de la vida. Plenitud que conservaría hasta el final de su paso por este mundo, con ese privilegio que Dios otorga solo a aquellos cuyo corazón nunca envejece, porque no dejan que lo manche ninguna de las mezquindades humanas.

Para nosotros fue primero la profesora que nos impresionó con sus convicciones y solidez expositiva; luego la líder que nos arrastró junto con Lucho y Paulina Giusti a la tarea de difundir la buena nueva en el campo de la Vida y del auténtico Amor Humano; mas tarde se convirtió en la amiga que nos abrió su casa y un espacio en su extraordinaria Familia, en la tía de Franquito y Brunito a los que abrazaba con tal intensidad y cariño que hacia rabiar al pobre y lanudo “gringo”, en la confidente de muchas de nuestras alegrías y de no pocas de nuestras tristezas, y en la médico de cabecera que cuando tuvo que jalarme las orejas y cantarme las cuarenta para preservar mi salud para las tareas pendientes como padre, esposo y cristiano, lo hizo como debía hacerlo: de frente, inclinando suavemente la cabeza hacia adelante, mirándote por encima de los lentes con esa expresión entre afectuosa, picaresca y de reproche que te hacia sentir por un lado que querías que la tierra te tragara, pero al mismo tiempo experimentar que estabas envuelto en el cariño de alguien realmente preocupado por ti.Durante más de 20 años, Blanca fue uno de esos silenciosos y sutiles instrumentos de Dios que con su ejemplo y discernimiento ayudo a construir lo que soy y lo que hecho en su nombre. Su afilado cincel era su palabra, martillada con una voz que podía llevarte del sobrecogimiento espiritual, a la risa desternillante o a la decisión inflexible de darte sin limites, comprometerte sin condiciones y entregarte con confianza absoluta, tal y como ella lo hacia.Su perspicacia de mujer e intuición de líder, le hacían descubrir “donde había oro en bruto y donde oro falso”; con esa misma claridad, también muchas veces nos dio ejemplo de cómo “construir unidad, con la mansedumbre que cada uno ponga el servicio al prójimo ante todo” y en “perseverar en perdonar, orar por y amar al que nos hace daño”; esto último patente en sus oraciones por quienes mas promovían una cultura de muerte.

Blanca vivía para la defensa de la vida. Encarnó plenamente el mensaje del Evangelio. Cuando escuchó respecto a una de sus ultimas tareas que “cuando tengan un millón de dólares, entonces participaremos”, la famosa mirada ya descrita acompaño a una de sus frases favoritas, dicha con ese tono mezcla de ternura, conmiseración y firme convicción: “el dinero no nos puede detener”. El dinero nunca la detuvo; no la detuvo en la apertura de la oficina de Ceprofarena y su implementación; no la detuvo en promover la coordinadora Unidos por la Vida, la organización de eventos internacionales y marchas por la vida; no la detuvo en las campañas para la promulgación del día del niño por nacer y en el reto del II Congreso Próvida y no la detuvo en un etc. mezquino y corto para todo lo que abría que contar. El dinero y otros contratiempos nunca pudieron detenerla, porque ella se sabía y se sentía segura e íntimamente poseedora de algo más valioso y más potente: la mano de Dios sobre sus hombros, la palabra de Dios en su mente y el aliento de Dios en su corazón.

Hizo todo lo anterior siendo al mismo tiempo una excelente neurocirujana (que jamás antepuso el lucro a la caridad y a la atención al prójimo), una profesional de primera cuya brillantez solo era superada por su modestia y su sencillez, una buena hija, una gran hermana y mejor amiga para muchos, demostrando con esto, todas las facetas en las que un Cristiano del siglo XXI debe demostrar que puede ser el mejor:“en las cosas de los hombres y en las de Dios”.Blanca practicaba y animaba a todo su entorno a practicar cada día “que la lámpara este sobre la mesa, para alumbrar y despejar las tinieblas”; eso si, asumiendo concientemente las consecuencias de “ser para el reino y no para el mundo”. Hace unos meses, en un momento de debilidad que reconozco, lastimado quizás por el peso y consecuencias de una responsabilidad publica que tuve que asumir un tiempo atrás, tuve la tentación de apartarme de esa parte del quehacer humano; todavía me escuecen los oídos y la conciencia, su “cariñoso reproche”: “ni te atrevas a esconder la lámpara, porque detrás de esa falsa conmiseración por ti mismo, hay cobardía por la tarea a asumir y desconfianza en quien te la propone”. Tenia razón; me recordó el contrato firmado hace tantos años con nuestro mutuo mentor:“Señor, tu te ocupas de mis cosas y yo me ocupo de las ntuyas”.En medio esa diversidad de compromisos, iniciativas y responsabilidades que bullían en su mente, en su corazón y en su quehacer cotidiano, Blanca siempre distinguía claramente “lo que era de Dios y lo que era del Cesar” y daba a cada uno lo que le correspondía. Si accidentalmente algunos no lo veían con claridad, era porque la capacidad y liderazgo de Blanca estaba por encima de muchos de nosotros. Para seguir su ritmo había que reunir el estado físico de un campeón de Pentatlón, el mental de un campeón mundial de Ajedrez y el espiritual de algún personaje místico de los que ella admiraba. No nos engañemos: Blanca era de este mundo; vivía en el mundo, pero tenia la mirada y el corazón puestos en el Reino y en hacerlo real en esta tierra. Blanca se \r\ndaba “dándolo todo hasta que duela”. Fue tanto lo que su espíritu dio y asumió, que conscientemente fue consumiendo su cuerpo mortal. Al final este cedió y su espíritu voló triunfante al lado del Padre. Amo tanto a sus niños no nacidos y nacidos, amo tanto a las mujeres y madres de este pais, amó tanto la vida como obra del creador, amo tanto el Amor verdadero, que al final…. se fundió con el.Esa era, esa es, nuestra amiga Blanca.

Fernando Carbone Campoverde