Dignidad humana

24.6.05

Nostalgia de Atapuerca

No me extrañaría que los hombres de Atapuerca hubieran sido los primeros en inventar la morcilla de Burgos. Si entonces hubiera existido internet se habría enterado todo el orbe de homo sapiens de lo que vale un peine. Aquellos tiempos debían tener su encanto. Que reconfortante debe ser despertar en una cueva con el sonido de los pájaros después de haber roncado como un auténtico troglodita. ¡Qué salud mental!: Ponerse de rodillas y agradecer a la divinidad el nuevo día; ordeñar a la cabra para tener los momentos nescafé y levantar a los retoños, dando una patada medida en el trasero a los más remolones. ¡Hala, a cazar con los compadres! Aquellos rudos de la futura hispania morían por una cornada de mamut; no por sida. La violencia de género se limitaba a momentos en que la parienta propinaba un garrotazo al marmolillo del esposo por haberse ido de farra y llegar demasiado tarde. El abuelo, de cincuenta años, contaba a la luz de las estrellas los momentos bélicos más apasionantes de su dilatada vida a hijos y nietos; no sin retazos de buen humor, que era entonces la humana sabiduría de los ancianos.

Aquellas mujeres y hombres miraban al sol con gratitud y jugaban a las tres en raya en las tardes de lluvia. Eran artistas: pintaban ciervos en las paredes de su casa por la sencilla razón de que les brotaba hacerlo. No pedían a la vida demasiado; sabían que era breve. Y al llegar al momento de la muerte miraban a su familia y se encomendaban a su Dios; muriendo con los suyos, sin estar invadidos de tubos en un gran hospital.

No disponían de buzones de voz pero intuyo el eco de sus mensajes:”progresar es aprender a ser feliz”.

José Ignacio Moreno Iturralde