Dignidad humana

19.6.05

Lo natural y lo sagrado

La legítima autonomía del ámbito civil no puede entenderse como un ámbito totalmente desvinculado de los imperativos morales absolutos, de lo sacro o religioso. Está inserto en la naturaleza humana el deseo de verdad, de nobleza, de inmortalidad. Cuando un hombre se arrodilla ante Dios para darle gracias o pedirle por lo que oprime su alma se está comportando con lo más profundo de su corazón humano. El hecho de que haya personas que se declaran ateas o agnósticas no significa que el ámbito religioso sea una mera yuxtaposición personal y subjetiva de nula relevancia social. Si no existe una verdad superior sobre nosotros queda fundamentalmente alterada la vida social entre los hombres del mismo modo que si no hay un árbitro el partido de fútbol se desarrollará de modo distinto si hay muchos intereses en el juego.

Todo este planteamiento nada tiene que ver con una postura teocrática. Más bien al contrario: Una ley moral superior al hombre afirma al hombre; de un modo análogo a como las reglas del fútbol –si bien estas son convencionales- hacen que cada jugador pueda desarrollar su estilo personal y no se termine en una batalla campal.

La dimensión religiosa es fuente de libertad y hace justicia a la naturaleza humana que clama ante cuestiones ineludibles como el sentido de la vida, el sentido de la muerte, y la existencia de una eternidad donde se justifiquen muchas cosas que en este mundo quedan sin justificar. Sin la dimensión religiosa este mundo es para muchos una broma cruel. No se puede obligar a nadie a creer –si bien existen claros argumentos racionales para poder afirmar la existencia de Dios- pero no es admisible que se pretenda vivir en las leyes y en la vida social como si Dios no existiera: sería una burda mentira afirmar que esto es un modo democrático de vivir en sociedad.

José Ignacio Moreno Iturralde