Dignidad humana

7.6.05

La cara de tu vida (tema espiritual)

Su rostro estaba lleno de paz, de gravedad, de señorío. Las facciones parecían esconder la inocencia de tanta humanidad transcurrida: historias familiares de meriendas en el pueblo, jornadas de caza o de pesca, de trabajo en la herrería, o en la banca, o en la mina. También se intuían días de festejos populares, de bodas, de cumpleaños con bebidas y bollería. Su cara era la de un hombre cualquiera, la de un hombre honrado. Todo lo sencillo del mundo parecía reflejarse con pálida nitidez en ese retrato. Sin embargo nada era vulgar, ni casual, ni insignificante. No sonreía pero albergaba una dicha oculta. Era tremendamente expresivo sin realizar ningún gesto. Se trataba de alguien consumado: la unidad fontal de su corazón había colmado de plenitud su vida. Era un difunto: sus párpados estaban amoratados por el velo de la muerte. Se notaba que había estado traspasado por el dolor. La claridad de su cadáver, rodeado por el halo de la tumba, remitía a todos los hombres, mujeres y niños cuya vida ha sido truncada, masacrada, desposeída. El tremendo peso de la guerra, del cinismo asesino y de la más abyecta vileza e indiferencia parecía haber caído a plomo sobre esa faz. Aunque todavía estaba ensangrentado, se le notaba limpio. Era tan discreto y bueno que si volviera a abrir los ojos divisaría un firmamento pulcro, como el que se ve en las noches frías y claras desde la sierra. En su semblante ibas descubriendo las trazas de tu propia vida. Era mucho más que un cuadro, era un norte y una estrella de la que tantas veces te habías apartado. Su mansedumbre pedía acogida, hospitalidad, dedicación. Y en ese abrazo te liberabas de ti mismo, te encontrabas a ti mismo, y tu nombre era los demás. Era la respuesta al misterio de la vida: todo el cosmos se le había derrumbado encima sin desfigurar su serenidad. En su frente se intuían unos nuevos cielos y una tierra nueva. Tú comenzabas a nutrir tu personalidad de ese cuerpo, empezabas a resucitar; aquél rostro ya lo había hecho, y lo hizo por ti.

José Ignacio Moreno Iturralde