Dignidad humana

11.6.05

En el entierro de José Ramón Losana

He asistido a bastantes entierros, pero nunca a ninguno donde estallara un aplauso general de muchas personas congregadas en torno al féretro. Ha tenido lugar hoy, once de junio, en el cementerio de La Almudena de Madrid. A primera hora de la mañana se celebró una misa por el alma del que había sido Presidente de la Federación de familias numerosas. La liturgia se vivía con una cierta alegría insospechada al ver, junto a la esposa de José Ramón, a sus doce jóvenes y flamantes hijos e hijas, una de ellas con su marido y su bebé recién nacido. Rafa, otro de los hijos, leyó el cariñoso mensaje del obispo encargado del Secretariado para la familia, en el que daba gracias a Dios por el don de la persona de José Ramón. Después, muchos fuimos a tomar algo a la cafetería: estaba lleno de familias. Se respiraba un ambiente sereno y distendido, de sincera amistad.

El cortejo fúnebre paró a rezar un responso a la entrada del cementerio. Había muchas personas; como si se tratara de varios entierros a la vez. Al colocar el féretro en el nicho, viendo a los hijos y a la esposa con tanto aplomo y paz, no era difícil entrever el éxito pleno de la vida de José Ramón: pensar en los demás. Con sólo cincuenta y tres años, además de tantos sacrificios y alegrías para sacar a su familia adelante, ha sido un pionero en el mundo para defender de modo inteligente y justo los derechos de las familias numerosas. Su profunda fe le hizo aceptar de modo heroico su enfermedad y muerte –a los 53 años de edad-; aunque no había dejado de pedir por su curación, si convenía, pensando sobre todo en los suyos.

El aplauso que, con tino, uno de sus amigos provocó al final del entierro es un pobre pero sincero homenaje a una persona santa y heroica, miembro de la Prelatura de la Santa Cruz y Opus Dei, que sabiéndose hijo muy amado de Dios supo, en expresión de San Josemaría Escrivá, “hacer divinos los caminos humanos de la tierra”. Nos queda su ejemplo a seguir y el consuelo grande de saberle en la casa del cielo. ¡Hasta siempre, José Ramón! Gracias por tu vida.

José Ignacio Moreno