Dignidad humana

30.6.05

El valor de la reflexión

Si grabaran con un vídeo lo más significativo de nuestro día, sin darnos cuenta, y lo pudiéramos ver por la noche, quizás quedaríamos bastante sorprendidos. No es fácil verse a uno mismo, pero ésta es una de las capacidades que nos diferencian de los animales; y conviene ponerla en práctica.

Al dedicar tiempo a la reflexión se deshacen muchas mentiras que se camuflan dentro de nuestro propio yo. Enfrentarse con nuestra propia conducta supone un ejercicio saludable para la mejora de la personalidad. Al pararse a pensar buscamos nuestra jerarquía de valores, los motivos que nos mueven a actuar. Descubrimos, algo más, por qué me comporto de esta manera o qué es lo que realmente busco en este asunto. El verdadero motivo para pensar sobre mi vida es saber si realmente me interesa ser mejor persona.

Sin la presencia de espejos nadie puede ver sus propias espaldas; tan suyas como su rostro. Por esto es importante que tengamos en cuenta la opinión de los demás y, especialmente la de las personas que nos quieren bien. Las decisiones son personales pero no podemos ser tan cerriles como para despreciar consejos de personas que merecen nuestra confianza. En algunas ocasiones nos parece que es el sol el que gira alrededor de nosotros, cuando ocurre justo lo contrario.

Muchas personas han visto caerse manzanas de un árbol; pero sólo Newton llegó desde esa modesta observación a la ley de la gravitación universal. No todo el mundo es un genio de la física, pero tenemos que atrevernos a mirar una y otra vez la realidad para aprender. Donde una persona ve figuras y colores un tanto aburridos otra es capaz de explicar la genialidad de Velázquez. El aprendizaje sobre la realidad es fruto de mucho tiempo de meditación –de otros y nuestra- sobre ella. Desde las señales de humo a los móviles los hombres han invertido millones de horas de reflexión.

Una definición casera, pero interesante, de inteligencia es la capacidad de poner cada cosa en su sitio. Desde las cuestiones más prácticas a las más abstractas llegamos a las más importantes: las cuestiones morales. Tener formación para distinguir el bien y el mal, tan relativizados por algunos, es el punto clave para tener una más viva conciencia de biografía.
Cada día es muy importante para quien se mueve por ideales altos.

Para que haya verdades parciales es necesaria la existencia de una verdad absoluta. La existencia de Dios introduce una dimensión de diálogo personal en la reflexión. El ser humano se dirige personalmente a su Creador para establecer un diálogo de intimidad cuya veracidad se pondrá de manifiesto en la mejora de la conducta en la propia vida. Rezar es filtrar nuestra vida en Dios que no niega nuestra naturaleza sino que nos mueve a mejorarla.

La meditación, sin ser obsesiva ni paralizante, supone esfuerzo ya que se empeña en una búsqueda de la verdad y del bien. Sólo si llegamos a la conclusión de que la vida merece la pena ser vivida en búsqueda de la dignidad propia y la de los demás es cuando podemos amarla. La meditación se convierte así en el caldo de cultivo del amor a la sabiduría, que es el único que nos puede llevar a vivir un amor sabio.

José Ignacio Moreno Iturralde