Dignidad humana

24.6.05

El retorno de los sacrificios humanos

Realmente hay que ser bestias e ignorantes para descuartizar a miles de personas y ofrecerlas a un diosecillo de piedra. Quizás algún eminente profesor me hable de la justificación de tales prácticas por el inevitable contexto sociocultural en el que vivían. Entonces le daré la mano, sonreiré y le propondré juzgar al futbolín, alejando de nosotros la funesta manía de pensar. Si fuera Al Capone quizás le descerrajaría el cráneo de un tiro alegando mi contexto de valores donde no caben los pedantes. De todos modos, como algo hay de verdad en la opinión del eminente académico, supongo que un algunos incas harían con buena intención aquellas repugnantes carnicerías.

Después de unos cuantos siglos somos más refinados. Tras la Declaración de los derechos humanos sacrificamos miles de niños todos los días arrancándolos del seno de sus madres. Los dioses son ahora otros más mercantiles: la holgura económica, el confort, la fornicación higiénica sin hipotecas, el pingüe negocio de la reciclación rentable de restos abortivos; y en el colmo del progreso: la congelación, manipulación y descoyuntamiento de esas prometedoras estructuras biológicas embrionarias que algunos radicales llaman embriones humanos.

En nuestro mundo, por fortuna, sigue existiendo belleza, entrega, nobles esfuerzos de mujeres y hombres que buscan cada día un mundo mejor, y que investigan cómo es posible que la estupidez humana no es que tolere algunas prácticas que son aberraciones contra la vida humana sino que ha llegado a justificarlas y a calificarlas de maduras. Quizás lo que ocurra es que cuando uno no se sacrifica por los demás se constituye en diosecillo y sacrifica a los demás para si.

José Ignacio Moreno Iturralde