Dignidad humana

20.6.05

Aceptación

Ver una foto de alguna persona querida, que ya murió, puede introducir en el corazón el fantasma de la tristeza. La nostalgia de lo bonito, de lo pocholo -ya perdido-, sopla en el pecho, infundiendo una depresión que no es fácil de expulsar a golpe de voluntad. La declaración de una enfermedad larga y sinuosa, un conflicto familiar o profesional, pueden ser otros motivos que nos hagan entrar en un invierno inhóspito del alma o acaso en un otoño despiadado. Pienso en una serie de cuestiones que, puestos los remedios a nuestro alcance, no tienen fácil solución. Las gotas de la pena caen pesadas y moradas en el fondo del corazón. La actitud personal juega aquí un papel definitivo. Entrar por el sendero del desencanto, del desánimo consentido e incluso de la desesperación puede plantearse como el camino existencial de la autenticidad: no hay mentira más amarga y más estéril que esa inmadura decisión. La otra vereda es la de la aceptación: un rumbo sencillo, precario, enérgico, con sobrios tintes domésticos y cotidianos. Esta aceptación no consiste sólo –y no es poco- en hacer de la necesidad virtud. Nace de saberse en una historia de amor y, por tanto, de dolor. Aceptar la dura situación es reconocerse criatura en un mundo de cartón, en un mundo creado y, en parte, malogrado.

Aquellas ramas rotas del árbol de la vida se apiñan sin afectación, solidarias, en el triángulo de una hoguera. Al calor de un fuego implorado, no propio, comienzan a formarse las multiformes y discretas llamas a cuya luz cobran vida íntima las personales esperanzas compartidas. Lo que parecía vida natural malograda se transforma en calor de hogar, en foco de atracción para los corazones extraviados, en cuento, en contento y en chocolate con picatostes. Aceptar la poda es duro, pero es el único modo de introducirse en el hogar precioso del Padre.

José Ignacio Moreno Iturralde