Dignidad humana

28.5.05

Vidas que sufren; miradas que humanizan

En nuestro mundo tecnológico y acelerado hay algo que nos humaniza, que nos revela nuestra propia y personal entidad: el encuentro con el inocente que sufre, con el enfermo, con la persona deprimida que reclama asistencia y esperanza. La mirada sublime del ser querido, al que se le va la vida, nos interroga en lo más profundo del corazón. Esa mirada tiene una dulce y arrebatadora fuerza, incomparablemente superior a la de los razonamientos más elegantes y concluyentes. Pienso que la eternidad es la fuente activa de la inocencia y la misericordia; pues esto es lo único digno de persistir.

Las reflexiones anteriores tienen una dimensión práctica. La justicia y la misericordia no se excluyen sino que se necesitan. De esto se deduce que el hombre justo es el que actúa solidariamente con los más desfavorecidos. Sólo desde una dignidad solidaria daremos prioridad a la inocencia real del hijo que se fragua en el seno de la mujer respecto al deseo de ser o no acogido. Únicamente desde un inhumano cinismo se puede estar sosteniendo la barbaridad de matar pequeños seres humanos sin darle la más mínima importancia. La eutanasia tiene connotaciones similares: La solución humana es el cariño, el ánimo, la compasión, la esperanza y, por supuesto, la medicina paliativa.

Hacernos dueños de la vida y de la muerte de los seres humanos más indefensos y menos autónomos física o psicológicamente es, sencillamente, dejar de ser humanos. ¿Por qué? Porque toda vida humana no tiene en si ni su origen ni su final .Todo ser humano es alguien de un valor incondicionado. ¡Cada ser humano representa a todos! Ante una vida humana la única actitud digna es la del respeto a su vida. El respeto deja a esa vida en su sitio y a las leyes en el suyo. Asumir esta exigencia puede ser costoso y duro, pero es el precio de ser personas. El siglo XX lo olvidó en múltiples ocasiones y el siglo XXI también ha comenzado a olvidarlo. Aquél precio es el único que nos hace sostener una mirada de cariño esperanzado ante los ojos de un bebé o de un anciano desahuciado; la única mirada digna del ser humano.

José Ignacio Moreno Iturralde.