Dignidad humana

1.5.05

La píldora de Gallardón

ABC: 29.IV

Por M. MARTÍN FERRAND

Alberto Ruiz-Gallardón, al estilo de la madrastra de Blancanieves, se coloca todas las mañanas frente a su espejo y le pregunta: «¿hay alguien más progresista que yo en el límite de la Comunidad de Madrid?». Por lo general, el azogue que protege las vanidades del alcalde le da respuesta negativa a la pregunta y eso le tranquiliza y ensoberbece. En estos últimos tiempos, con la tremolina organizada por José Luis Rodríguez Zapatero a propósito de las uniones, que no matrimonios, homosexuales, el espejito ha debido de tener alguna duda al respecto y, naturalmente, el infatigable y elástico Gallardón se ha puesto en marcha.

A partir del próximo jueves -¿dentro de los festejos de San Isidro?- todos los centros municipales de salud podrán facilitar a las mujeres que lo demanden, si el médico lo aprueba, un remedio anticonceptivo de urgencia, la llamada «píldora del día después». Así lo anuncia el concejal de Seguridad. No de la seguridad del cigoto y el embrión, naturalmente, sino de otra seguridad menos vital.

¿Tan ineficaz es el despliegue para la educación sexual que ha promovido el Ayuntamiento madrileño? ¿Tantos son los casos de riesgo en un ambiente social en el que es más fácil adquirir un preservativo que un libro de poemas? Lo verdaderamente escandaloso es que siendo, como ya son, las menores los mayores usuarios de esa asistencia municipal, hasta hoy reservada a un solo centro, afirma Juan Madrid, responsable del Centro Joven especializado, que las muchachitas -¿niñas?- que allí acuden lo hacen «preocupadas por un posible embarazo». Y lo que es peor y más alarmante: «No es necesario avisar a los padres aunque sean menores». Basta con el criterio del médico.

Repito para que se entienda: una jovencita -¿12, 13, 14 años?- acude, tras una experiencia sexual evidentemente prematura, a un centro municipal y despacha su problema con una pastilla que, con cargo al Presupuesto, le concede Gallardón y sufragamos todos los contribuyentes capitalinos. Recuerdo, para la mejor comprensión del despropósito que son los padres, o tutores, los responsables legales y morales de esa jovencita; pero, según las medidas progresistas de un Ayuntamiento con mayoría del PP, «no es necesario avisar a los padres». ¿No lo es?

No quiero entrar en el fondo del asunto y me conformo con, desde la superficie, avisar de estos síntomas que observo de locura colectiva. Mal están todos los supuestos que determinan el caso, pero que el Ayuntamiento sirva de cómplice a las niñas frente a sus padres sería para la risa del ridículo de no ser, como es, para el llanto frente a la descomposición total de cualquier orden de valores. Gallardón, por este camino, obtendrá la satisfacción de su propio espejo; pero los demás, a poco que nos quede de clasicismo ético, podemos echarnos a temblar.