Dignidad humana

2.3.05

La familia: paz y satisfacción dichosa

Quiero relatarles la experiencia de un íntimo amigo mío, padre de una gran número de hijos y al que recientemente le han diagnosticado una grave enfermedad. Al poco de saberlo, mi amigo me contó que su preocupación, su única preocupación, era su familia, su mujer y sus hijos, algunos de ellos de corta edad. Ha desarrollado una importante actividad profesional, lo que le ha permitido atender con dignidad sus responsabilidades familiares, pero es cierto que, dada la carencia total de unas políticas de promoción y apoyo a la familia, mi amigo se encuentra sin cobertura económica, ya que no ha podido ahorrar.

Sacar adelante a una familia de 12 hijos con los sueldos de él y de su mujer es casi heroico en nuestro país, por esa falta de medidas reales de apoyo. No parece justo que familias de estas características puedan verse en una situación de desprotección.

Me permito hacer esta reflexión en voz alta porque creo que hay muchas familias, y especialmente si son numerosas, que no deberían encontrarse en tal situación. En estos hogares se está forjando el futuro de nuestra sociedad, y por ello no pueden, ni deben, estar en situaciones de no poder cumplir con sus fines de protección, educación y formación de todos sus miembros.

Pero lo que más me llama la atención de mi amigo es que está tranquilo, está más orgulloso que nunca de haber tenido tantos hijos. Están siendo, junto a su mujer, que es extraordinaria, los verdaderos artífices de un ambiente de cariño, de mimo, de atención continua, de procurar que descanse, que se divierta. Todo les parece poco; se esfuerzan continuamente para que sus padres no tengan que hacer tareas en casa y se marchen de paseo, de viaje, con amigos... Todos los días rezan en familia pidiendo un milagro para que su padre se cure; pero además, a sus compañeros de trabajo, de la universidad, del “cole”, a vecinos, amigos, a simples conocidos, les ruegan que recen por su padre; quieren que el Señor se lo deje muchos años más.

Mi amigo dice que es afortunado, que el tener una familia así es una maravilla y que ahora más que nunca se da cuenta de que tantos sacrificios y renuncias, han merecido la pena. Y yo pienso: “verdaderamente es de envidiar una familia así”.

Como esta columna siempre tiene un carácter reivindicativo, exijo a nuestros responsables políticos, una vez más, que inviertan en la familia, en la protección de los hijos. Acabo estas líneas pidiéndoles a todos ustedes que recen por mi amigo; él se lo agradecerá, sus hijos y su mujer también, y por supuesto, el que les escribe.


José Ramón Losana García, Hacer Familia, febrero 2005, nº 132, p. 62.