Dignidad humana

17.2.05

Medalla a la vida

Ricardo Vargas. Alfa y Omega, 12.II.05. Este verano nuestros olímpicos se trajeron de Atenas 19 medallas. Hasta 71 se trajeron, después, nuestros paraolímpicos. Dos de ellas –una de oro y otra de bronce las ganó José Javier. Este toledano de pro, talaverano por más señas, fue campeón del mundo en 1994 y es ahora campeón olímpico en la modalidad de boccia (deporte emparentado con la petanca). Pero, ante todo, es campeón en sacarle el jugo a la vida y entregarla en medio del sufrimiento.

¿Cómo se lleva ser famoso?

Un poco mal. El primer día que salí a la calle, con intención de llevar las medallas a la basílica y ofrecérselas a la Virgen..., ¡tardé una hora! Me paraba la gente, me saludaban, me felicitaban. Yo decía: «Éste, ¿quién es? ¿Cómo han podido enterarse en un solo día?» La tarde que gané me llamó el alcalde de Talavera; me han dado el bastón de mando de la ciudad… Les estoy muy agradecido, sólo que no va conmigo. Hasta han hecho unos carteles con una foto mía anunciando una cena benéfica. ¿Qué hago yo repartido por toda la ciudad? Lo de Atenas fue, para mí, la mejor experiencia de mi vida. Es maravilloso convivir con diez mil personas, entre deportistas, asistentes, entrenadores, etc.; de distintas confesiones, países, culturas, ¡y sin ningún problema! Allí estaban Israel y Palestina, Estados Unidos e Iraq, muchos pueblos de África que están pasando hambre y se están pegando tiros...
Cuando gané la medalla de oro..., ¡puf! No me lo creía. Miré al cielo y dije lo mismo que hace diez años, cuando gané el campeonato del mundo: «¡A mayor gloria de Dios!» Y empecé a tirar besos al aire. Entonces, un compañero de la selección española me preguntó: «Oye, ¿por qué tantos besos al cielo? ¿Por los niños?» Unos niños que habían muerto esos días en accidente de tráfico, camino del estadio. «No. Bueno..., en parte también, pero son para el Señor». «¿El Señor de qué?», me decía. «Ah, perdona, es que como estoy habituado a hablar así…», le expliqué. «Ah, es verdad, que tú eres religioso». El triunfo se lo debo a Él.

Tu soñabas desde niño con las Olimpiadas, pero no con las Paraolimpíadas...

Sí, siempre he soñado con ello y he hecho mucho deporte. Cuando estudiaba en Madrid, me levantaba todos los días a las siete para correr 4 Km antes de clase. Por la tarde jugaba un partido. Ahora llevo en la silla de ruedas once años; durante ocho no lo estaba, pero me cansaba mucho. Tengo una parálisis cerebral de nacimiento, pero me permitía hacer vida normal. En 1985, con 21 años, se le asoció una distonía muscular progresiva, y hasta 1993 fui progresivamente acusando una falta de control sobre mis músculos, sobre todo el tronco y la cabeza.

Porque tú tenías fe, también entonces.

Sí, sí, siempre la he tenido. Fíjate que, cuando corría, siempre rezaba antes de las carreras. Y, si ganaba, ofrecía los trofeos a la Virgen. Los compañeros me llamaban el capillitas, jeje... Pero, claro, lo que me había pasado era muy fuerte, y no entendía nada.

¿Y qué pasó?

Conocí un movimiento cristiano, Getsemaní, y me impactó muchísimo. Al caer en la cuenta de cómo el Señor había ofrecido todo con amor para redimir a los hombres, dije: «Toma cruz, José Javier». Y dije: «Adelante, y ámala con todas las consecuencias». Eso me da muchísima alegría, si no, no estaría aquí. La fe es un don, es verdad, pero es algo que hay que alimentar. La oración es fundamental. Lo he visto en mi vida.

¿Qué opinas de la eutanasia?

Hace un año me invitaron a la televisión de Castilla-La Mancha para hablar sobre la eutanasia. Dije que sí, que estaba en contra. ¡No me dejaron más que dos minutos, y encima la presentadora tomó partido a favor! Luego he dado una charla con gente muy importante. Fíjate, yo, con un profesor de bioética de la universidad, otro, médico…

Es que tú tienes un máster, Javi: tu experiencia...

En la charla dije una cosa, y es que mi vida no es mía. Esta vida no es nuestra, pertenece a Dios y a Él tenemos que dársela. Con sufrimiento, sin sufrimiento, como sea.

Seguro que te has encontrado con discapacitados sin fe. ¿Qué les has dicho?

Es que no se puede decir nada. Ellos me ven, simplemente. Tengo una anécdota de Grecia, con la selección española. A un compañero se le abrió un día una fístula, él no puede hacer nada por sí mismo…, depende para todo de su padre, que es su acompañante. Al llegar al pabellón se tuvo que echar en una colchoneta por el dolor. Cuando yo llegué me dijeron: «Oye, Javi, que te está llamando Santi». Al acercarme, me dice llorando: «Tú, que tienes fe, reza por mí, que lo estoy pasando fatal». Las personas que no tienen fe, incluso te piden a ti que reces por ellas. Es un don de Dios y todos los días pido que me dé más fe, porque tengo poca.

Si te preguntan, cuentas tu testimonio y ya está.
Por supuesto, yo nunca niego que soy cristiano, católico. A mí me han visto el rosario, y te dicen: «Eso lo llevaba mi abuela». Y entonces he dicho: «Sí, es verdad. Lo llevaba tu abuela», y he tenido que explicar cómo se rezaba el Rosario.

Sobre la eutanasia entre los discapacitados, ¿qué opinión hay?

Creo que era nuestro obispo, don Antonio Cañizares, el que daba en una carta el dato de que el 90% de los enfermos del Hospital Nacional de Parapléjicos de Toledo, estaban en contra de la eutanasia. No todos los discapacitados piensan como Ramón Sampedro.

¿Tienes algún mensaje particular para nuestros lectores?

Mira, no soy santo, pero quiero serlo, y eso ya indica una predisposición a lo que el Señor quiera. ¿Que en mi vida viene más sufrimiento?... «¡A mayor gloria de Dios!» Es eso, dejarse amar por Dios por encima de todo.