Dignidad humana

22.2.05

La polémica sobre la evolución

No es fácil establecer una teoría general de la evolución. El motivo de estas páginas va a ser intentar dar un poco de luz sobre la evolución de las especies basándonos en algunos logros de la historia de la ciencia y en el sentido común. Para la exposición de este tema hemos tomado como base el capítulo La materia y la vida del libro “En torno al hombre” de José Ramón Ayllón.

En primer lugar cabe hablar del papel del azar en la evolución. Lo primero que se puede decir es que responsabilizar al azar como elemento fundamental de la evolución no es una explicación científica. Los grados de orden existentes en los terrenos micro y macroscópicos son tan complejos y maravillosos que atribuir estas configuraciones al azar es renunciar a ejercitar la razón. Nadie niega la existencia de cierto azar en la vida pero creer en el azar como motor de la evolución requiere una fe irracional en el azar.

Las famosas teorías del evolucionismo de Darwin se basan en los principios de adaptación al medio y selección natural. Tales principios quedan muy limitados y puestos en entredicho por varios logros científicos. Mendel, en la segunda mitad del siglo XIX, demostró que los caracteres adquiridos en la vida no se transmiten por herencia. En el siglo XX el descubrimiento del código genético en el ADN puso de manifiesto que existe un alto grado de determinación molecular, inscrito en las diversas especies, que acota mucho las posibilidades de una evolución.

Existen nuevas versiones del darwinismo que han intentado hacerlo compatible con la genética. Una es la teoría sintética de la evolución. Esta hipótesis habla de una sucesión de pequeños cambios debidos a mutaciones aleatorias. El azar sigue aquí presidiendo la evolución.

Los macroevolucionistas hablan, por el contrario, de saltos cualitativos considerables en algunos momentos de la evolución. Por ejemplo: la aparición de los ojos, el paso de peces a reptiles, el pulmón de los anfibios.

La última palabra quizá la tenga en estos momentos la biología molecular, para la que cada vez resulta más evidente que las diferencias entre las especies tienen mucho más que ver con la determinación molecular de su DNA que con los principios expuestos por Darwin. Contra el neoevolucionismo, que basa todos los cambios en el azar, se abre paso cada vez más el concepto de programa evolutivo: la existencia de una finalidad en la evolución dependiente del ADN de cada especie.

Otras son las posturas creacionistas que consideran que cada cambio que surge en el universo se debe a una acción directa de la causa creadora. Esto supondría negar la cierta autonomía de las leyes de la materia, cosa que no parece razonable. Sin embargo cabe plantear una excepción: el espíritu humano; ya que posee inteligencia y voluntad. Estas capacidades no se pueden reducir a mera biología de modo semejante a como no se puede reducir la música a sus mecanismos de transmisión. Aquí si parece correcto considerar una intervención directa de la causa creadora en el surgimiento del programa de vida de cada ser humano; esto es: en la concepción. Si alguien dijera que esto es ciencia ficción cabría responderle si no hará él una ciencia de la ficción haciendo a la materia responsable de la novena sinfonía de Beethoven.

José Ignacio Moreno (Muchas ideas son de José Ramón Ayllón)