Dignidad humana

3.2.05

Familias numerosas

Uno siente una especial simpatía por eso que se llama familia numerosa, una simpatía nada vocacional, ya que, aunque en este país se puede acceder a tan singular categoría con apenas tres vástagos, y teniendo el que escribe el honor de haber traído ya dos al mundo, no alberga sin embargo la más mínima intención de incrementar el contingente de domésticos reclutas. Pero sí hay que reconocer que en las familias numerosas anida algo en sí mismo admirable, voluntarioso, que sólo puede contemplarse con ternura. El hecho de que con tres hijos ya exista familia numerosa casa bien con la sociología del momento. De hecho, me basta ver a un hombre o a una mujer acarreando tres chiquillos por la calle para volver la cara con gesto admirado, incluso con cierta curiosidad antropológica.

¿Cómo se puede hoy día mantener semejante optimismo? Porque las familias numerosas, al fin y al cabo, son la mejor muestra de un optimismo que desarma. Esos progenitores que no sólo traen muchos hijos al mundo, sino que son conscientes de que consagrarán buena parte de sus vidas a cuidarlos, proclaman una fe en la existencia casi conmovedora. Me enternecen y me admiran.

Sacan a sus hijos adelante a despecho de toda clase de gastos.Sacrifican proyectos personales. Invierten buena parte de su renta en pañales, botitas y colegios. Viven el sobresalto continuo de tutelar pequeñuelos inclinados a meterse en toda clase de problemas, a provocar toda suerte de accidentes. Los padres y las madres que asumen esta tarea lo hacen con orgullo, frente a la indiferencia de las administraciones públicas, que muy poco hacen por ellos; frente a la ironía de amigos y conocidos; incluso frente a la mala fama que hoy mantienen conceptos tradicionales como la familia, los amores fraternos y los vínculos paterno-filiales. Esto último es quizás lo más cruel de todo. Si la familia, como institución, no está de moda, lo de la familia numerosa huele a cavernícola. De ella se ríen el cine y la literatura; de ella se ríen los actores, los famosos y los ágrafos filósofos de Gran Hermano y Crónicas Marcianas. De ella se ríen incluso los filósofos de verdad.

Esto de mantener una familia representa, para los modernos, para los listillos, una verdadera prueba de indigencia mental. Ningún reconocimiento reciben esos titanes de la reproducción que aún insisten en incrustar tres o cinco hijos en los mínimos apartamentos de hoy en ía. Desde una perspectiva estética, el hecho se ve incluso como algo cutre: los héroes, los seres atractivos, siempre suelen ser solteros. Los poderes públicos y los intelectuales, los grupos de presión y los ertulianos, tienen labores mucho más altas de las que ocuparse: la supervivencia del oso panda, el régimen jurídico de las uniones de hecho, la prejubilación de los empleados de astilleros inviables, la afirmación de valores cada vez más abstractos, más gaseosos. Entiéndase, no se trata de criticar la legítima defensa de causas tan loables, pero sí de constatar un paradójico contraste. Hoy todo parece subvencionable, todo digno de exquisita atención pública, todo merecedor de delicada tutela administrativa, salvo la filfa de comprometerse a crear, alimentar, tutelar y educar nuevos ciudadanos.

Obsequiemos con una sonrisa amable a los pardillos que se hinchan a poner pañales, a preparar biberones, a endeudarse hasta las cejas para sacar sus retoños adelante. Porque persiste un discurso pseudoprogresista que, absurdamente, ve la procreación como un hecho en sí mismo reaccionario, un discurso que incluso ridiculiza la paternidad (¡qué decir de la maternidad!) cuando la vida está llena de exposiciones de arte abstracto y de países que visitar en vacaciones. Aquí se subvenciona todo lo imaginable. Se legisla sobre cualquier mínimo interés corporativo. Se protege todo lo que pueda ser digno de protección. Pero los padres que se arreglen con sus hijos. En el pecado llevan la penitencia. Todo está investido de un inmarcesible interés social, salvo el hábito reaccionario, casi degradante, de traer hijos al mundo. Pues vaya. Qué sociedad más rara.

Pedro Ugarte. El Pais.