Dignidad humana

24.2.05

El miedo a la familia

También existe el miedo a uno mismo: a no ser capaz de mantener el compromiso. Tal vez porque no hay un motivo más alto que las propias fuerzas para ser generoso y fiel. La fidelidad de la mujer y del hombre es a su vez objeto de desconfianza. Así no se cae en la cuenta de que sólo se puede amar desde la confianza. Existe una frase interesante que escribió un marido ejemplar: “el amor nunca pasa y si pasa no es amor”.

Es preocupante observar el sentimentalismo tan efímero que preside en tantas relaciones de pareja. Esto supone asentarse sobre arenas movedizas. No parece entenderse que el amor de pareja a prueba es esencialmente distinto al amor matrimonial, donde cada uno se juega por el cónyuge toda su vida. ¿Cómo va a ser lo mismo entregarse de por vida al otro que dejar espacio a la posibilidad de irse cuando cualquiera de los dos quiera? En definitiva, consideramos que sólo fomentando motivos y valores para ser generoso, valiente y alegre se puede vencer a esta grave escalada del egoísmo, la inseguridad y la desesperanza.

La regulación legal de las parejas de hecho puede suponer un injusto equiparamiento al matrimonio. Injusto porque es mucho mayor la responsabilidad y contribución social del matrimonio. Como explica el Profesor Pérez Adan, autor de la obra “Diez temas de sociología; vivir una sociedad familiar y humana”, existen cuatro criterios de funcionalidad de la familia humana: la solidaridad intergeneracional; la aportación de una capacitación para desenvolverse en la vida social, la transmisión de la cultura y un control social de sus miembros. Es evidente que un matrimonio cumple estas funciones con mucha más coherencia y seguridad que una pareja de hecho.

La cuestión es anterior. Se olvida que el único camino para ser feliz pasa a través de las virtudes y que sin ellas la persona humana queda como un minusválido y deforme ético, cuando no también físico, incapaz de asumir compromisos. Una idea absurda de la libertad la plantea como desvinculada de la verdad de las cosas y la de nuestra propia naturaleza. En la sociedad se niegan auténticas evidencias, como el grave mal del aborto. La libertad de expresión plantea contenidos moralmente impotables pero socialmente admitidos que deforman la escala de valores de muchas mujeres y hombres, especialmente de los más jóvenes. Además, como ya mencionamos, se explotan las pasiones humanas por grupos mediáticos con el instinto de acumular dinero sobre dinero.

Pensamos que esto no es una exposición exagerada. Obsérvese el caso de España donde en los últimos veinte años ha disminuido la tasa de natalidad hasta situarla en la más baja de Europa y una de las más bajas del mundo. Lo más asombroso de todo es cuando se plantean las cifras de natalidad como un problema de momento histórico independiente de una cuestión moral. Desde luego han cambiado las circunstancias del mercado laboral, especialmente con la incorporación creciente de la mujer a los puestos de trabajo. Pero lo que también ha cambiado es la jerarquía de valores.

Pese a todo esto el hombre no puede de dejar de ser hombre y no puede de dejar de ser familiar. Su nostalgia de familia es tan inmortal como su espíritu. Volviendo al caso español es curioso observar que, por contraste a los datos comentados antes sobre la natalidad, España es ahora el país de Europa con mayor número de familias numerosas. Esta realidad alegre nos recuerda que la familia es el único lugar digno para “caerse muerto” y, por lo mismo, es el único lugar digno para levantarse vivo, todos los días. Como es lógico este planteamiento respeta –antes hablamos de ello- la opción de las personas solteras que por motivos variados y nobles, no contraen matrimonio.

José Ignacio Moreno