Dignidad humana

5.2.05

Ciudadanos pro-vida y Estado cooperador del aborto

Cuando uno se va concienciando más de la gravedad del aborto –los vídeos sobre el asunto hablan por si solos- se cuestiona hasta que punto se puede convivir con un estado que tolera, en la práctica, el aborto libre. Si establecemos cualquier comparación entre el aborto y alguna aberración del pasado en seguida le pueden tachar a uno de fanático, pero tal acusación no altera lo más mínimo la realidad de todos esos bebés muertos; si dicen que no son bebés que los vean.

Así las cosas uno puede adormecer la conciencia y convivir con la práctica habitual de crímenes maquillados con los cosméticos del derecho de la mujer y de la legalidad. Una legalidad que conviene millonariamente a la industria del aborto y a la práctica de la sexualidad desvinculada de la maternidad/paternidad. O bien puede pensar y actuar.

Una posible vía sería la de no cooperación y resistencia pasiva al Estado cómplice del aborto –una lectura pro-vida de Ghandi-. Queda desestimada de raíz la violencia pues nunca se debe hacer un mal para obtener un bien y no parece claro aplicar el caso de legítima defensa. Tal no-cooperación podría comenzarse, por ejemplo, con la objeción de conciencia fiscal respecto a la porción de nuestro dinero que calculamos que el Estado subarrienda en practicar abortos. Lógicamente pueden existir otros muchos modos de actuar según la creatividad de cada ciudadano defensor de la vida.

Otro posible camino se anclaría en el acuñado refrán de “ahogar el mal en abundancia de bien”. Me inclino por esta segunda posibilidad sin desestimar posibles acciones de la primera, aunque no es difícil sospechar que parecen un tanto utópicas y de eficacia más que dudosa. La línea de difusión de la cultura de la vida “a chorros”, que considero más viable en sociedades democráticas, quizás puede establecerse a tres niveles:

a) Educación: Una antropología adecuada a la naturaleza humana, a la que los creyentes pueden incluir una educación religiosa del Evangelio de la Vida, en expresión de Juan Pablo II.

b) Comunicación: -Presentación de modelos de conducta a través de testimonios personales.-Denuncia sistemática de crímenes contra la vida, así como diversas formas de manifestaciones pacíficas a en defensa de toda vida humana.

c) Solidaridad y capacitación: La cultura de la vida se extiende también a la defensa de adultos marginados. En este sentido, tener muy en cuenta tanto las manifestaciones puntuales de solidaridad a personas necesitadas como las iniciativas sociales de capacitación profesional ofrecen una mayor veracidad del mensaje pro-vida así como una mayor comprensión social en momentos de confusión cultural.

Planteado el asunto de esta manera, los que vemos en la cultura de la vida una excelente motivación para vivir podemos considerar que ya se están haciendo múltiples cosas y que estamos en plena marcha: “suma y sigue”. Por esto considero conveniente una más tupida y eficaz red informativa de los muchos trabajos realizados en defensa de la vida. No quisiera dejar de pensar que las personas de fe -pienso que no es algo imprescindible para ser un pro-vida- no deberían subestimar el valor de la oración y penitencia intensa por esta causa nobilísima.

La batalla es desigual: la fuerza del egoísmo y del dinero frente a la desinteresada defensa y respeto de toda vida humana. No es algo nuevo y recuerda –no encuentro un ejemplo mejor- a la lucha entre David y Goliat. La historia puede repetirse con una adecuada actitud –la laboriosidad y la audacia- y una puntería precisa –la caridad-.

José Ignacio Moreno