Dignidad humana

10.1.05

Solidaridad de pacotilla

El maremoto de Extremo Oriente está provocando una de esas periódicas «orgías solidarias» en las que las sociedades prósperas se zambullen para ahogar las ladillas de la mala conciencia. Estas orgías solidarias precisan, para desencadenarse, dos circunstancias detonantes: 1) Que sobrevenga una catástrofe de dimensiones atroces, con miles de muertos «simultáneos»; y 2) Que la catástrofe acaezca en los arrabales del atlas. Estas dos circunstancias delatan la naturaleza falsorra de las orgías solidarias, que no son sino la escenificación de una hipocresía social azuzada y bendecida por la propaganda mediática. Pero basta analizar los mecanismos que impulsan estas orgías para desenmascarar la pacotilla. Mencionaba arriba la necesidad de que los muertos sean «simultáneos» para que la orgía se desate. El maremoto de Extremo Oriente ha provocado una mortandad acongojante, aunque desde luego muy inferior a la constante mortandad que desatan plagas, hambrunas y guerras tribales; pero esta mortandad más copiosa la computamos a beneficio de inventario, como una especie de tediosa rutina contra la que no se puede combatir y que, por lo tanto, no reúne las condiciones precisas para impresionar nuestro ánimo. Sorprende también que las orgías solidarias siempre tengan como destinatarios a los habitantes de Pernambuco o Sebastopol; diríase que se hubiese entronizado una nueva perversión del sentimiento, una (si la contradicción es tolerable) «compasión de lejanías» que sólo se dirige hacia personas a las que no conocemos. Pero la verdadera «compasión», en el sentido etimológico de la palabra, necesita un rostro concreto en el que poder reflejarse, un dolor vecino que nos interpele y nos incite a remediarlo, o siquiera a mitigarlo, mediante una intervención directa. No niego que uno pueda compadecerse de un niño de la Cochinchina, pero sólo después de haberse compadecido del mendigo de la esquina. La solidaridad de pacotilla, sin embargo, se salta el enojoso trámite de la vecindad y vuelca sus esfuerzos hacía las regiones antípodas, quizá porque el dolor del mendigo de la esquina nos salpica y zahiere, mientras que el dolor que sufren en los arrabales del atlas -convenientemente filtrado por la televisión- es más aséptico y difuso y nos permite -nunca mejor dicho- «mirar hacia otro lado».

La orgía solidaria desatada por el maremoto de Extremo Oriente está propiciando manifestaciones especialmente obscenas de fariseísmo. Empresas que se lucran con el trabajo estajanovista de los damnificados y abaratan costes contratándolos en condiciones inhumanas sacan pecho aportando donaciones millonarias para reparar los efectos de la catástrofe. Pero quizá la expresión más vomitiva de esta orgía solidaria la protagonicen esos millonetis -actores, deportistas y demás celebridades mediáticas- que, previo comunicado de prensa, destinan un óbolo de miles o millones de dólares a la causa, en realidad unas migajas excedentes del dineral que amasan. Con este óbolo, aparte de acallar su mala conciencia, posan de estupendos ante la galería: nunca les ha salido más barata la promoción de sí mismos. A la postre, descubrimos que esta solidaridad de pacotilla es exactamente lo contrario de la verdadera caridad, que «no es jactanciosa ni se hincha». En estos días de orgía solidaria, conviene releer aquellas palabras del Nazareno: «Estad atentos a no hacer vuestra justicia delante de los hombres para que os vean. Cuando hagas limosna, no vayas tocando la trompeta delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para ser alabados de los hombres; en verdad os digo que ya recibieron su recompensa. Cuando des limosna, no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha, para que tu limosna sea oculta, y el Padre, que ve lo oculto, te premiará».

Juan Manuel de Prada. ABC.