Dignidad humana

29.1.05

Los Vuelos de la Vergüenza

El lector de ABC ya cuenta con sobrada información sobre los «vuelos de la vergüenza» fletados desde Canarias. «Oficializados» por el anterior Gobierno, para escándalo farisaico de quienes entonces se alineaban en la facción opositora, estos traslados, lejos de remitir bajo el mandato socialista, parecen haberse intensificado. Así queda, una vez más, demostrada la mezquindad sobre la que se sostiene el cambalache político: resulta paradójico que un Gobierno obsesionado con rectificar o demoler la herencia recibida de su antecesor en la poltrona no se haya preocupado de arbitrar soluciones menos ignominiosas para un fenómeno que demanda, antes que una determinada adscripción ideológica, un elemental sentido de la dignidad humana. Pero quizá la razón de este paradójico continuismo debamos buscarla en la intrínseca maldad de una acción política que mide sus metas por un criterio de visibilidad y ostentación mediática. Conforme a este criterio, los «vuelos de la vergüenza» podían prolongarse sine die, mientras permanecieran en ese limbo de penumbra casi clandestina en el que tirios y troyanos habían decidido confinarlos.

La trapacería que rige estos traslados encoge el ánimo. Ante la plétora de inmigrantes que llegan a las costas canarias y la imposibilidad de deportarlos a sus países de origen (bien porque no existen convenios de extradición con dichos países; bien porque la Policía, a falta de medios materiales, no puede averiguar la procedencia de los recién llegados), se fletan aviones que «descargan» a estos inmigrantes como si fuesen sacos de escombros en ciudades elegidas al albur, o quizá por su condición de escombreras regidas por el adversario político (entre los destinos más asiduos se cuentan Madrid, Murcia o Valencia, no en cambio Barcelona, Bilbao o Zaragoza). Muchos de estos sacos de escombros ni siquiera son mayores de edad, otros padecen graves enfermedades contagiosas que nadie se ha preocupado de diagnosticar; llegados a la escombrera de destino, se les abandona a su suerte, sin otro viático que unas cuentas direcciones de establecimientos de caridad. Naturalmente, los sacos de escombros acaban hacinados en vertederos de marginación, delincuencia y mendicidad.

He utilizado la expresión «sacos de escombros» para designar el estatuto asignado a los inmigrantes, a quienes se les despoja de su condición humana para convertirlos en inquilinos de un arrabal de alegalidad. No basta con ofrecer regularización a los inmigrantes que presenten contratos de trabajo; es necesario promover el acceso de estos inmigrantes a un contrato de trabajo en condiciones de mínimo decoro. Transigiríamos con estos traslados si las diversas Administraciones públicas hubiesen puesto a disposición de los establecimientos de caridad y servicios sociales una red de viviendas que brindaran alojamiento temporal a los inmigrantes, en tanto se resuelve definitivamente su situación. Podríamos aceptar dichos traslados si estuviesen precedidos por planes de integración que facilitasen a los inmigrantes atención médica en la ciudad de destino, talleres en los que pudieran desarrollar sus destrezas, cursos en los que aprendiesen los rudimentos de nuestro idioma. Mientras no se instrumenten estas medidas, habremos de entender que estos «vuelos de la vergüenza» son la fétida trastienda de ciertos pronunciamientos retóricos que funden en su hipocresía los peores rasgos de Caifás y de Pilatos. Rasgarse las vestiduras y lavarse las manos quizá sean actitudes suficientemente ostentosas para colmar ese afán de visibilidad mediática que rige la acción política; pero un elemental reconocimiento de la dignidad humana exige -a este Gobierno, a cualquier Gobierno- que las personas no sean tratadas como sacos de escombros.

Juan Manuel de Prada. ABC.