Dignidad humana

25.1.05

El preservativo

Quienes vivimos en una sociedad liberal podemos, entre otras muchas cosas, entablar relaciones sexuales entre adultos como nos venga en gana. No sucede lo mismo bajo los regímenes totalitarios, las dictaduras o las sociedades sometidas al integrismo islámico. Tal vez sea preferible hablar de convivencia o tolerancia entre civilizaciones que de alianza entre ellas, aunque no resulta fácil convivir con quienes aspiran a hacernos desaparecer. Pero hay que distinguir entre el ámbito jurídico y el moral. El debate moral no puede quedar ni condicionado ni eliminado por la libertad jurídica. No es lo mismo garantizar la libertad que tener que admitir que cualquier opción es tan respetable moralmente, tan valiosa como cualquier otra. Cuando digo que algo es un error moral no digo que deba ser impedido por el Derecho.

La moral consiste, sobre todo, en la opción en favor de lo mejor, en la preferencia de esto frente a lo menos bueno, lo regular, lo malo o lo pésimo. Lo mejor constituye una exigencia moral, pero no necesariamente un deber jurídico. Con todo respeto al discrepante, e incluso a quien opte deliberadamente por lo menos bueno o por lo peor, pienso que es posible, aunque quizá no en los límites de este breve comentario, argumentar en favor del matrimonio (¿habrá que decir que heterosexual y, en principio, indisoluble, o, al menos, estable?) como la forma mejor de encauzar la sexualidad humana. Existen, al menos, cuatro tipos de razones: 1) Naturales. La naturaleza (o, en su caso, Dios) ha vinculado la sexualidad con la reproducción. El hombre puede romper esa vinculación, pero eso no significa que deba hacerlo. Por cierto, el creador del psicoanálisis calificaba como perversas todas las conductas sexuales que no se orientaran directamente a la reproducción, aunque prescindiera de la connotación moral del término. 2) Antropológicas. La dignidad humana resulta vulnerada por una sexualidad ajena al afecto, el compromiso y la procreación. Y, junto a la dignidad, la felicidad. Ni la promiscuidad ni la búsqueda del placer suelen proporcionar la felicidad que se busca, sino más bien sordidez y desgracia. 3) Sociales. La estabilidad familiar promueve el bien de los hijos y, con él, también el bienestar social. A estas tres se podrían añadir, para los cristianos, razones religiosas, derivadas del cumplimiento de la voluntad de Dios y de la cooperación en la tarea de la propagación de la vida.

En suma, a mi parecer, lo mejor en el ámbito de la sexualidad es su vinculación con el matrimonio, con la finalidad de generar otras vidas humanas y educarlas en un ámbito familiar estable. Lo demás puede ser tan respetable jurídicamente, aunque no en todos los casos, como criticable desde el punto de vista moral. La antropología cristiana posee unos elevados valores que deben ser expresados positivamente. Lo decisivo es la invitación a lo mejor, no tanto la censura de lo que se opone a ello. Es cierto que la concepción esbozada no es fácil de cumplir y que en nuestro tiempo quizá la mayoría vive de manera diferente. Por lo demás, no parece que las cosas marchen demasiado bien, ni para las personas ni para la sociedad. Pero esto no puede ser una objeción. Pensemos en el cristianismo. El ideal de vida que Cristo propuso con su ejemplo no es un camino fácil. Acaso sea un ideal inalcanzable. Mas, aunque así fuere, debería ser la meta de nuestra conducta. No por ser inalcanzable deja de existir el ideal, o debe dejar de aspirar a guiar la conducta. Lo que no parece razonable es culpar a lo mejor de los males que provoca su ausencia. Ni juzgo ni condeno; si acaso, invito a lo mejor.

Ignacio Sánchez Cámara. ABC.