Dignidad humana

21.12.04

Un pueblo llamado discordia

Existía, ya hace tiempo, un pueblo llamado Discordia, aunque se podía haber llamado perfectamente Conflicto como ya se verá. El caso es que se llamaba así en honor a las discusiones, sin fundamento, que continuamente se sucedían entre los habitantes de dicho pueblo.

En apariencia era un pueblo como los demás, tenía su parroquia, su pescadería, sus agricultores, sus ganaderos, sus guardas, … Y como no, su alcalde. El alcalde se llamaba Discordio (D), no porque fuera el que más sembrara la discordia, afición que todos compartían en el pueblo, sino porque era el nombre que le habían puesto sus padres.

Los que si que eran unos profesionales de la discordia en el pueblo eran Luenga suelta (LS) y su colega Borde (B). Un gesto, una miraba, una palabra les bastaba para sembrar discordia de forma fructuosa.

Cuando más les gustaba abonar, regar, ver como crecía –o como se quiera decir- la discordia era por las mañanas, paseando de tienda en tienda, cuando empezaba la vida en el pueblo. Al primero que se encontraban era al Pescadero (P), y la conversación que se sucedía, prácticamente todos los días, era igual:

-LS: Malos días.
-P: ¿De verdad lo son?
-B: Pues claro que lo son. ¿No has visto como está tu pescado? Esta más seco que el Granito.
-P: ¡Pero que dices, si este pescado ha llegado hace media hora de la lonja, y ha sido pescado esta madrugada!
-LS: Se nota, no verían nada y habrán pescado chapapote.
-P: Chapa… ¿qué?
-B: Vamos… ¡MIERDA MARINA!
-P: ¡Cómo te atreves! Te voy a…
-LS: No te alteres… No te había dicho malos días… De que te quejas almejas. A ver si sabemos llevar mejor las adversidades del día, y no nos haces pagar tu mal humor a los demás.
-P: Te…
-B: Te callas… Malos días y adiós. Pescamierda.

Ya os podéis imaginar como sería el resto de sus visitas. Pero no os penséis que la discordia sólo la regaban ellos, ya que la discordia podía aparecer en cualquier momento o lugar del pueblo. Y es que aparecía de forma natural sin sembrarla como se puede ver en esta discusión casera:

(Son simultáneas las contestaciones)

-Cariño has visto mi vestido verde.
-Cariño has visto mi pantalón gris.
-¿Qué?
-¿Qué?
-He empezado hablar yo primero.
-¿Tu? Pero si antes de que saliera una letra de tus labios ya había empezado yo la frase.
-¿Pero que dices? Ya esta como tu madre, Doña perfecta, la que siempre tiene la razón.
-Pero que dices, porque la semana pasada se pasara un poco, ahora quieres hacerla pasar por orgullosa. Tu primo Andrés si que es un creído. Ni en el Bautizo de la niña pudo estar en segundo plano. Mira los álbumes de ese día, y le veras al lado de ella constantemente, como si hubiera sido su padrino en el bautizo.
-Mira quien fue hablar, el que tiene el hermano más repipi he insoportable que se pueda tener.
-¿Cómo que repipi he insoportable? Y tu Bruja.
-¿Bruja yo? Tú si que eres un hijo de Bruja.
-Falsa.
-Judas.
-…

Bueno pues todo iba así en Discordia, hasta que apareció por allí uno de esos harapientos viajeros que parece que no tienen nada mejor que hacer, que andar sin sentido de pueblo en pueblo en busca de alguna aventura que les haga vivir con más intensidad la vida, como si la vida no tuviera suficiente intensidad por sí misma. El caso es que al primero que se presento fue al posadero, para pedirle aposento. Este, ni corto ni perezoso, lo primero que hizo fue preguntarle si tenía dinero, ya que la pinta que llevaba dejaba que desear. Nuestro simpático viajero sonrió y, aunque el tono del posadero era agresivo, contesto:

- Si, tengo dinero. Es que no doy buena imagen porque llevo viajando varios días. Tome esta moneda para la reserva.

Saco su billetera llena de billetes de la UP (Unión de Países), se los enseño al posadero, y éste ya se quedo más tranquilo y empezó a hacer las preguntas habituales que hacía a sus clientes:

-¿Dígame su nombre y apellidos por favor?
-Consenso Democrático Feliz
-¿Se llama Consenso?...¿Cómo se puede llamar alguien así?
-Pues llamándose. ¿Qué pasa que porque usted no lo haya oído nunca va a ser raro?
-No... no... no quería decir eso. Sencillamente... Lo que usted ha dicho, que es la primera vez que lo oigo y la verdad es que me ha llama la atención.
-Bueno, pues la próxima vez será la segunda.
-Cierto... pues mire, su habitación es la 207. Tome las llaves. Segunda planta pasillo izquierdo.
-Muchas gracias.
-Buenas noches.
-Buenas noches.
A la mañana siguiente después de desayunar pregunto dónde vivía el alcalde y le dijeron en la calle enfrentamiento nº 14.

Se presento allí y el alcalde le cito dos horas más tarde en el ayuntamiento. Allí fue atendido puntualmente...

-Buenos días, pues dígame... ¿qué es lo que le trae por aquí?
-Bueno, antes de nada mi nombre es Consenso Democrático Feliz.
-Perdone, tiene razón, mi nombre es Discordio Sin Paz.
-Encantando. Pues bien, el asunto que me trae a su pueblo es bien claro. Desde ciudades tan lejanas como la mía ya se sabe la fama de discordia de su pueblo. Cosa que he podido comprobar, desde hace tres días que llegue. El caso es que venía a proponerle mis servicios. Me comprometo a cambiar la fama y el nombre de Discordia por Consenso, solo necesito unos meses de trato con los habitantes del pueblo para transmitirles otro talante. ¿Qué me dice?

-Mire señor, Consenso, el talante de este pueblo es así. Le guste o no le guste. El caso es que ya hace tiempo, hubo personas que intentaron cambiar esto, pero no lo consiguieron. La discordia en Discordia es una realidad palpable: En los plenos del ayuntamiento, en las reuniones de los sindicatos, en el hogar del anciano, en las tiendas, en casas,… ¡Si quiere usted intentarlo no le voy a decir que no, ya tengo diariamente discusiones más importantes que resolver como para enfréntame con una persona de principios como usted! Pero por favor… No sea un motivo más de discordia.
-Muy bien así lo intentaré. Solo le pido una cosa más déme un puesto público como el de cartero para poder desempeñar mi tarea.
-Eso esta hecho. Queda nombrado cartero. ¡Marisaaaa…! (gritando a su secretaria) Que este señor que va a salir, le he nombrado cartero, rellénale los papeles…
-Muchas gracias señor Discordio déme un año o dos, y ya verá como le solucione este eterno problema.


A la mañana siguiente, sin demora y sin retraso, se incorporó a su nuevo trabajo. Se dio a conocer entre sus compañeros del ayuntamiento: a los barrenderos, a los policías,… Estuvo unos días siendo instruido en el oficio de cartero y conociendo las calles de Discordia. Y en una semana ya estaba en la calle de cartero.

Enseguida fue motivo de comentarios en los diversos círculos de opinión pública del pueblo: en el mercado, en el bar, etc. Primero porque era la novedad y segundo por el nombre tan curioso de Consenso. Tiempo después empezó a caer bien por su simpatía, su alegría y buen humor. Pasado otra temporada le cogieron cariño por lo atento que era. Al cabo de dos meses era el más apuesto para ellas y un tío ejemplar para ellos. Transcurridos más meses era el más esperado del día por su amabilidad, por acordarse de fechas importantes de la familia (cumples, aniversarios, …)... porque parecía que pensaba más en los demás que en sí mismo. Y es que poco a poco fue el más admirado e imitado por todos. Los padres decían a sus hijos: Mirad a Consenso de mayor tenéis que ser como generoso como él, que os cuidó mientras atendíamos, tu madre y yo, a la abuela cuando estuvo mala.

Era admirado por muchas cosas: por su talante elegante, porque no se regodeaba en lo que hacía bien, porque reconocía sus fallos, por lo servicial que era, ... pero sobre todo porque no sembraba discordia. Cuando no estaba de acuerdo con algo trataba de argumentar pacíficamente, sin alterarse, los motivos por los que no estaba de acuerdo. A veces llegaba a un acuerdo, otras, tenia que apoyar la posición del otro, aunque no estuviera de acuerdo, para dar buen ejemplo a los más pequeños y para hacer más peso, entre él y el otro que discutía, en la solución del problema. Otras callaba y aguantaba el chaparrón de Borde. El caso es que poco a poco se hizo posible llamar al pueblo Consenso, y poder resolver los problemas de una forma pacifica y consensuada. Consenso en breve paso de cartero a alcalde, por consenso democrático y fue un mito durante varias generaciones por haber cambiado el talante del pueblo.

Álvaro Gil Ruiz