Dignidad humana

25.12.04

La victoria de la vida

Defender la vida humana del concebido y no nacido supone una profunda ingenuidad; tan grande que se identifica con una profunda inteligencia. El ingenuo, el bebé, al que se mata impune y legalmente, vale más que mil universos. El que se asesine a tantos no es más que otra clarividente prueba de que el mundo está al revés. El triunfo aparente de la cultura de la muerte es el negativo de la foto de la vida. Quien considera que los principios de fuerza, de odio y de radical autonomía son los quicios del mundo no es más que un desquiciado. Así es porque la inocencia de un chaval intrauterino masacrado tiene tal fuerza magnética que acaba por arrasar el corazón y la mente de sus ejecutores: posibles madres que se arrepienten horrorizadas de lo que han hecho; consumados abortistas que se declaran con posterioridad y llorando “asesinos de masas”.

El actual estado de embotamiento, estupidez y criminalidad mundial abortista es una herida siniestra y profunda que una humanidad enferma elige para autolesionarse. Pero lo más profundo que existe en el hombre es algo que él no ha elegido: la misericordia, la ayuda, el amor que afirma la vida. Estas reglas del juego de la existencia actúan como frontones de hierro contra las embestidas de una libertad desarraigada y sin fruto. La persona humana, como una madre, puede afirmar lo que es y amar, o afirmar lo que no es y odiar; piense usted qué opción es la que va a prosperar.

La consideración del feto como legal objeto de posesión de sus padres no es más que un episodio de tremenda pérdida de dignidad. Si alguien considera radicales estas palabras le invito a que vea filmaciones de abortos, disponibles en la red, que no quiero ahora describir.

La pérdida de dignidad es la pérdida de identidad: un proceso de nihilismo. La cultura de la muerte se matará así misma como el más voraz de los cánceres. Espero que de todo este dolor no siempre saldrá desesperación inhumana, sino purificación, enmienda, resurgimiento y comprensión.

La cultura de la vida es la única que va a vivir, aunque da mucha pena tanta ceguera y obstinación en lo inaceptable: el cinismo egoísta que aplasta al indefenso. No es preciso ser cristiano para ser un defensor de la vida; basta con ser una mujer o un hombre honrados. Sin embargo los cristianos pertenecemos a la cultura del niño; es por esto que el aborto es justamente lo contrario al cristianismo: a Belén; y da la impresión de que hay cristianos que prefieren la permisividad de la muerte -a la que llaman tolerancia- que la defensa de la vida.

Para los hombres de fe Belén y el Calvario están unidos en la eternidad y estamos seguros que aquel Nazareno moribundo tenía muy presentes a todos esos niños asesinados en el seno de su madre cuando se dirigía enamorado a su Padre, implorándole ayuda.

Belén es la cátedra de la vida, de la alegría; el surco de la sabiduría eterna en el tiempo. Entonces la noche reinaba y aquel oscuro ambiente servía para remarcar la diáfana luz de la vida: la afirmación de la cultura del niño, del necesitado, del pobre, del inmigrante, de la familia, de la mujer y del hombre.

José Ignacio Moreno Iturralde

1 Comentarios:

  • Bellísimo texto el que nos regalas, que sitúa la vida humana en la riqueza de sus diversas dimensiones. Sí, somos dones únicos e irrepetibles de Dios, pero, sobre todo, somos hijos en el Hijo. Gracias por una reflexión tan rica como breve, tan fecunda.

    By Blogger Antonio Ostojic, at 1:45 p. m.  

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