Dignidad humana

8.11.04

Un gobierno muy respetuoso y otro muy humano

Érase una vez un gobierno respetuoso; pero que muy respetuoso. En aquél país resurgió bruscamente una vieja religión a la que pertenecía la mayoría de ese pueblo. Los miembros del gobierno asistían, cómo no, a las reuniones religiosas. En ellas el sumo sacerdote decía que las familias no tenían por qué permanecer unidas. Los miembros del gobierno se miraban entre si con asombro; pero ellos eran muy respetuosos con la esfera religiosa. Otro día, en una nueva función religiosa, se predicó que las mujeres podían abortar cuando quisieran… Los miembros del gobierno no daban crédito a sus oídos. De hecho, la hija de un ministro abortó a los pocos días. El ministro se apenó muchísimo, pero era tan tolerante que nunca invadiría el ámbito sacro. Una tercera función habló de la necesidad de crear embriones humanos y congelarlos para experimentar. Desconcertados, los gobernantes se decían, muy bajito, entre si: pero… ¿Acaso no hemos sido todos embriones? En una posterior ocasión el sermón se alargaba. La verdad es que los gobernantes no tenían mucho fuelle en esto de escuchar prédicas y cada cual se encendió un pitillo. Rápidamente un tropel de comisarios religiosos cogió a los gobernantes y les hizo saber cuál era la multa en terreno sacro por aquella afrenta. Al declararse ignorantes e insolventes fueron conducidos a unas mazmorras. El presidente del gobierno, que ocupaba un puesto de honor, había permanecido ajeno a la encarcelación de su gabinete. También él estaba un poco harto y sacó un puro. El sumo sacerdote declaró que inmediatamente aquél hombre fuera ejecutado. Y así acabo la historia, con pena y sin gloria, de un gobierno que se extinguió con la mayor y más exquisito de los respetos.

Poco tiempo después llegó otro gobierno de hombres sin complejos que no se dejó amedrentar por el brazo religioso. Tales gobernantes exigieron que si lo religioso era inhumano tampoco era verdaderamente religioso. Discutieron a gritos con los clérigos y también, con hispana sabiduría, tomaron juntos paella. La paella fue lo definitivo, porque era muy humana. Llegaron por fin a un acuerdo: la unión entre lo secular y lo sacro –respetando la autonomía de cada uno- debía estar en la discusión y defensa de la naturaleza humana; aunque hubiera gritos también comerían paella. Esta última sociedad resultó mucho más humana.

José Ignacio Moreno