Dignidad humana

8.11.04

¡Pero qué guapa que es!

En sus ojos asomaba la profundidad de su amor; grandioso por su sencillez. En el fondo de su iris milenario se escondían vivarachos los recuerdos de tantas noches de Reyes, de meriendas hechas a la lumbre, de juegos en torno a una chimenea bermeja. Su pelo, negro y largo, era al mismo tiempo el de una servidora y el de una reina. Sus pensamientos giraban, como una noria de colores, alrededor de las comidas, el fin de mes y la ropa de los niños. Su discreta y clara sonrisa tenía un misterioso efecto rompedor, como el de la belleza fantástica de la música. El inesperado genio que de ella emanaba, en ocasiones, infundía un contrapunto de respeto. Los vestidos que llevaban eran elegantes, sobrios y naturales, como los tonos de una cálida tarde de otoño. De su cara emanaba una pálida luz que parecía transmitirse desde pilares internos de sufrimientos y llantos, templados por el amor y la esperanza. Su sabiduría era tan humana que parecía divina. Su ritmo era temperamental, su talante acogedor, su estilo divertido, su tipo pocholo. Grata; su presencia así lo era. Las manos, curtidas por el trabajo, descansaban en su paz interior y eran mecedoras de chiquillos e imploradoras de ruegos. Cuando ocurría algún exabrupto o pequeña ordinariez la risa acudía a sus mejillas y era pronta en transmitir ánimo al inoportuno, un ánimo discreto y cariñoso. En los últimos años había enfermado; decían que de tristeza. ¿Cómo era eso posible? Porque algunos de sus hijos no sabían
amar y, después de tantos trabajos, la habían despreciado con su indeferencia. Esos ingratos sólo pensaban en si mismos, condición segura de infecundidad a todos los niveles, desde el biológico al espiritual. Ella los quería, los quería más si cabe. Otros hijos la atendían con desvelo y la recordaban al oído: guapa, recuerda que eres inmortal y que tu nombre es familia; la única familia.

José Ignacio Moreno