Dignidad humana

2.11.04

La familia y el árbol de la vida

Lo que hay en el fondo de los ojos de un chaval o de una chavala, en una civilización humana, es el amor entre su madre y su padre. De tal manera que mujer y hombre ya no son dos, sino uno en un fruto común: el amor hecho hijo. Así se cumple, además, uno de los fines del amor: liberarse de uno mismo.

Es verdad que el matrimonio tiene bastante de esfuerzo; quizás en algún momento o temporada se trate de un esfuerzo “quimioterápico”; o si se prefiere: muy duro. Sin embargo, los defectos del esposo y los de la esposa no son contrarios a la familia: los cantos, en la rueda de la almazara, van adquiriendo una forma más pulida y amable, al tiempo que destilan el aceite de la oliva; el aceite que condimenta la vida.

El matrimonio –toda la vida a una carta- es el cepellón necesario para que surja la aventura del crecimiento del árbol familiar. Tal vez no crezca un ejemplar muy imponente. Quizás su tronco puede torcerse y enderezarse de nuevo adoptando una forma más caprichosa. Pero si está bien enraizado, aunque sea chaparro y discreto, puede cuajarse de frutos y ser el árbol de la vida; tal vez el que Dios –en el conocimiento de la historia humana- no permitió que nadie lo tocara.

Si los árboles renuncian a enraizarse; si juegan a disfrutar del bosque, alocados de un lado para otro, terminan marchitándose: sin sabia, sin fruto, sin vida. Puede que alguna vez la familia sea un lugar ingrato que induzca al suicidio. Incluso el hogar puede romperse –habría que ver por qué- y dejar el sinsabor de un funesto destino. Qué resplandeciente puede aparecer una maravillosa aventura romántica prohibida y alternativa al matrimonio, donde esperan –conocidos al milímetro- los límites del cónyuge. Pero optar por la familia será siempre elegir lo más humano; atreverse a la aventura de enamorarse: de entregarse para siempre.

No se puede renunciar a la luz intentando fabricarse atractivos microclimas hechos a la propia medida. Si el árbol -en su frondosa autonomía- no acepta la luz; si no la pide de rodillas, se pudre y se muere: sinceramente pienso que es lo que está ocurriendo en la actual crisis familiar.

Siempre es tiempo de mirar hacia arriba, de reconstruir las virtudes, de buscar con hombría y feminidad el calor de la vida. Así resurgirá la cara del niño gafotas -al que le falta un diente- pidiendo la merienda a su madre, el rostro de princesa de una hija íntimamente querida y el semblante de la persona amada que activa todas las energías del corazón.

José Ignacio Moreno