Dignidad humana

15.11.04

El laicismo contra los laicos

Aristóteles –nada sospechoso de confesionalismo- decía que los opuestos pertenecen al mismo género: esto es lo que pienso que ocurre entre clericales y anticlericales o laicistas. El clericalismo es la postura, a mi parecer, que considera a los laicos como una “longa manus” del clero sin considerar su legítima autonomía. Si el obispo de Antequera –por decir algo- insta a un pescadero de su diócesis a cobrar el kilo de merluza a seis euros es un clerical.

El laico es el ciudadano que disfruta siendo del Betis aunque su párroco sea del Sevilla. El laico sabe que para ser buen cristiano tiene que ejercer su personal libertad y responsabilidad en las mil iniciativas de este mundo, al mismo tiempo que se adhiere al Magisterio de la Iglesia porque le da la gana. Este ciudadano no es que tolere el derecho de cada cual a su religión sino que lo quiere positivamente, tal y como lo desea para él mismo. Lógicamente desea la libertad de las conciencias: tanto la de otro cristiano, como la de un musulmán o como la de un ateo; sencillamente porque tiene sentido común. Si defiende la propiedad privada no es por ser confesional sino por ser hombre; si no le gusta que otro tipo coquetee con su mujer no es por ser involucionista sino por no ser gilipuertas.

El laicista es alguien muy distinto al laico: el laicista es un clerical rebotado. Si un tipo defiende la dignidad de todos los embriones humanos porque él también ha sido hombre, el laicista le llamará vaticanista, aunque se trate de un inmigrante zulú. Ante un razonamiento que pone de manifiesto la esencial diferencia entre un matrimonio entre hombre y mujer, por un lado, y una unión entre dos personas del mismo sexo, por otro, la inquisición laicista tachará la reflexión con el sanbenito de machista y casposa, incluso si la afirmara un gay sensato. Tratándose de un jurista que se lleva las manos a la cabeza por una ley del divorcio que da al matrimonio menos estabilidad que un contrato de alquiler, el avispado laicista percibirá influencias canónicas. Cuando un médico corrobora que un aborto voluntario es descuartizar a una criatura humana toparemos con un profesional dogmático.

Actualmente laicista y progresista se identifican. El progresismo consiste en romper barreras morales consideradas obsoletas hacia nuevas aventuras de la humanidad, aún a costa de la propia naturaleza. Si las prácticas homosexuales generan –sin previo contagio- un considerable porcentaje del Sida mundial no importa: los medicamentos retrovirales avanzan sin parar. No sé como el progresista tolera sus anticuados ojos que sirven para ver y su arcaico estómago que continua digiriendo, ayuno de creatividad. Desde luego el hecho de que no se acepten generar híbridos entre cerdos y hombres no puede apoyarse en una defensa progresista del hombre… Para el progresista hay progreso, pero no hay hombre. El progresista no acepta la libertad de las conciencias sino la libertad de conciencia por la que yo puedo decir que soy un perrito y disfruto haciendo cosas caninas por la calle, siempre que no sea en el portal del progresista… ¡Qué intolerancia!

El laicismo nace del mismo mangoneo que otrora algunos clérigos desenfocados llevaron a cabo, sin juzgar las intenciones de ambos. Simplemente se trata de una estupidez que traspasa la raya, progresistamente, de la salud mental. Entre tanto, un mundo cada vez más inhumano en sus aspectos más esenciales va avanzando. Los que confiamos en la armonía de la naturaleza y en el atractivo de las verdades más ciertas, como la de una madre, esperamos en el empuje y el coraje de los verdaderos demócratas -que así se llaman por defender que los círculos no son cuadrados-; del pueblo español, que no se merece esta burdísima estafa.

José Ignacio Moreno Iturralde