Dignidad humana

11.10.04

Estilo y chabacanería

El estilo puede ser una mezcla de genio y figura, por una parte, y de aprendizaje, por otra. Si en las últimas olimpiadas un gimnasta, en ejercicio de suelo, hubiera roto el saque comiendo hamburguesas, paseando por la moqueta, le habrían dado como mucho un laurel y una servilleta, pero no una medalla. Si un torero en apuros matara a balazos a un toro en Las Ventas el paseillo terminaría en la fuente más cercana.

La destreza, el oficio, el buen hacer requieren mucho tiempo de trabajo y disciplina. La propia categoría moral no se improvisa: si ponemos nuestro fin en motivos nobles nos ennoblecemos y si el único proyecto de nuestra vida fuera buscar lobos acabaríamos aullando.

La robustez ágil de un temperamento grato no tiene mucho de genética sino de virtud. El espíritu de sacrificio combinado con la alegría es una asignatura hueso que hay que intentar aprobar cada día. El buen gusto tiene mucho de gusto bueno; es decir: no es espontáneo sino cultural; hay que aprenderlo. Por esto, una cultura de la espontaneidad es una falsa cultura. Quisiera romper el refrán de que sobre gustos no hay nada escrito. Es verdad que el gusto personal tiene algo de espontaneidad inexpresable, pero no se reduce a ella. Una gran marea de espontaneidad sin cánones acaba siendo transformada por ciertos capitalistas o incluso por instituciones en chabacanería social.

Un ejemplo: La instalación, con dinero público, de comprensivos centros de salud expendedores de la píldora del día después. Pienso que aquí se llega a la apoteosis de la chabacanería: la subvención estatal de la reducción del amor a afectividad genital. Sin pechar con la responsabilidad personal se elimina al embrión que resbala mortalmente de un útero nada materno ni espontáneo. Lo que realmente haría falta es la píldora del día antes compuesta de sentido común, autocontrol y autoestima; además es gratis y no necesita receta médica.

Si el estilo más importante es el de la propia personalidad ni la espontaneidad afectiva ni la zafiedad son sus mejores aliados. Aprender inglés cuesta esfuerzo; hacer un régimen también. En esta vida no se regala casi nada y mucho menos la propia categoría personal que tanto bien puede hacer a otros.

José Ignacio Moreno Iturralde