Dignidad humana

17.10.04

Democracia y ética

La base de la democracia no puede ser democrática. La convicción de que el todo es mayor que la parte no se somete a referéndum salvo en un país de lunáticos. Sin embargo, la tentación de tomar la parte por el todo –esencia de la mentira- es mucho más explotable, manipulable, vociferable y sometible a votación.

Para pensar bien hay que respetar la naturaleza misma de las cosas y de las personas. Si el criterio de la naturaleza perece a favor de los intereses de grupos no hay honradez posible sino encuentros y choques de opiniones. El diálogo sobre la realidad de las cosas es el único cimiento firme de la democracia y del pluralismo. Este diálogo sobre la naturaleza de las cosas requiere no sólo lógica sino ética.

Si la ética no tiene más base que la democracia, como afirman algunos, estamos perdidos o, al menos, bastante desnortados. Es la democracia la que debe basarse en la ética y ésta en la realidad. No se trata de que el café con leche sea igual para todos, pero con frecuencia se presenta la achicoria como café y, en vez de buena, se da mala leche.

La ética o la moral, sobre la que hay poco debate público, debería ser mucho más estudiada y dialogada, como de hecho lo es en las conversaciones personales. Existe un sólido impedimento: los prejuicios.

Si todo el ordenamiento jurídico del Estado de Derecho se basa en la dignidad de la persona y hay tantas definiciones de dignidad y de persona como se quieran, las bases de la sociedad son como las de un edificio construido sobre arenas movedizas.

Si alguien considera que este planteamiento es fundamentalista quizás sea porque sus planteamientos son amorales. Quien entiende al hombre como un ser moral y digno ve la ética como algo ineludible y muy valioso pues es la raíz de la libertad personal y de la comprensión del otro: factores clave en una democracia verdaderamente pluralista. Hitler y Stalin no dieron mucha importancia a estas cosas; tampoco Truman cuando mandó lanzar dos bombas atómicas respectivamente sobre Hiroshima y Nagasaki.

José Ignacio Moreno Iturralde.